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«El día 15 de cada mes ya no tenemos ni para comer»

Óscar Fraile
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Jesús, Henar, María y la hija de esta forman uno de los 6.800 hogares de Valladolid con todos sus miembros en paro. La vida de los cuatro está marcada por la precariedad: «Este invierno tampoco pondremos la calefacción»

Los cuatro miembros de esta familia pasean por un parque. - Foto: Jonathan Tajes

Jesús, Henar, María y la hija de esta última forman un hogar acostumbrado a vivir en economía de guerra. Cada euro que se gasta en esa casa se mira con lupa, cada factura que llega es un imposible que al final se hace posible gracias a la ingeniería financieras que solo las amas de casa saben aplicar. Y pese a ello, las cuentas no salen casi ningún mes, de modo que tienen que recurrir a organizaciones sociales para llenar el plato.

Los tres adultos de esta familia llevan varios años en el paro y, lo que es peor, con pocas esperanzas de que la situación cambie a corto plazo. Javier, pareja de Henar y padre de María, arrastra desde hace más de cinco años una incapacidad permanente debido a una rotura del tendón del hombro y a otros problemas óseos. Esta lesión le obligó a cerrar el taller mecánico que regentó durante siete años y desde entonces no ha vuelto a trabajar. Aunque puede hacerlo, en puestos que estén adaptados a sus circunstancias. Él suele avisar en las entrevistas de que no puede caminar largas distancias ni coger peso, un relato que se convierte en la antesala del «ya le llamaremos». Y no, no llaman nunca. «Yo podría manejar una carretilla o hacer determinados trabajos de limpieza, pero nada, no llaman...».

Javier es más que consciente de que, con estas limitaciones y con 60 años, volver a trabajar no será fácil. Así de crudo y así de difícil de asimilar. «Lo llevo horriblemente mal, porque aquí llegamos al día 15 y no tenemos ni para comer... ni para nada, y encima ahora viene el invierno y no sabes ni lo que hacer, porque te puedes echar una manta o cuatro, que te da igual, al final pasas frío», dice.

La calefacción es un lujo que esta familia ya no se pudo permitir el año pasado, ni mucho menos lo podrá hacer este invierno, con los precios de la energía disparados. Esta pequeña vivienda de Pajarillos no tiene calefacción a gas, y los radiadores eléctricos, un invierno más, solo podrán formar parte del decorado. Por mucho frío que haga. «Cuando llega la noche lo único que estamos deseando es cenar y meternos en la cama, aunque luego no hagas más que dar vueltas porque no puedes dormir», señala el padre de familia. Mucho más no se puede hacer con unos ingresos que no llegan a mil euros al mes para mantener a cuatro personas. La mitad, procedente de un subsidio por la incapacidad de Javier; y la otra mitad, de la Renta Garantizada de Ciudadanía que cobra María.

Los gastos fijos

La hija de Javier y Henar asegura que solo con los gastos fijos de las cuatro personas, entre los que se encuentra un préstamo que tuvieron que pedir hace años, casi se van 800 euros de esos mil, así que la familia tiene que recurrir a la Sociedad San Vicente de Paúl para llevarse alguno de los lotes de alimentos que este colectivo reparte entre los más necesitados.

María tiene 35 años y todavía no sabe lo que es vivir sola con su hija. «Eso sería increíble, pero nunca ha coincidido que trabajasen mis padres y yo para poder aspirar a un alquiler, porque lo de comprar ni se me pasa por la cabeza», explica. María lleva en el paro desde febrero de 2020. Su último empleo fue de teleoperadora, aunque durante toda su vida ha ido trabajando «en lo que iba saliendo». Por ejemplo, comercial o cajera. Va camino de los tres años desempleada, pero no es la primera vez que está en esta situación. En otra ocasión llegó a estar «seis o siete años así».

María ha renunciado a ir de empresa en empresa con el currículum en la mano porque «ya no te los aceptan». Internet manda en los procesos de selección y ahí es donde ahora libra su batalla. Sin mucho éxito, eso sí: «Suelo mirar las ofertas dos o tres veces por semana, porque si lo haces todos los días son siempre las mismas, pero no tengo ni el graduado escolar y nadie me llama».

Su madre, Henar, tiene 60 años y lleva casi tres en el paro. Durante muchos años se ha dedicado a la limpieza de viviendas, pero su vida laboral siempre ha estado marcada por la temporalidad. «Me llamaban para sustituciones, de un mes o dos, pero nada más», recuerda. En algunas ocasiones, sin ni siquiera darla de alta en la Seguridad Social. «Actualmente, con las dos pagas que tenemos, hay que hacer muchas cuentas para malamente llegar a comer, porque hay que pagar luz, casa, los gastos de la cría para los estudios... imagínate», explica.

La cría a la que hace referencia es su nieta de 17 años, hija de María, que es «la que peor lleva esta situación». «A veces nos pide unos playeros porque los tiene reventados y tenemos que decir que espere a ver si el mes que viene podemos quitarnos medio día de comida para que los pueda tener, porque a nosotros nos da igual si vamos con un pantalón roto, pero ella no puede ir al instituto así», asegura su madre.

Estas cuatro personas forman uno de los 6.800 hogares de Valladolid que tienen a todos sus miembros en paro. 6.800 dramas que se esconden detrás de una estadística que ha mejorado en los últimos meses, aunque eso no sea, ni de lejos, un consuelo para ellos.