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Del 'Libra' a un gastrobar en pleno centro

M.B
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El Belmondo Kitchen & Bar abrió sus puertas en 2014 de la mano de la familia Broco, modelando su oferta desde entonces, en la que destaca la chuleta de vaca

Cocina del Belmondo Kitchen & Bar. - Foto: Jonathan Tajes

La familia Broco lleva años vinculada a la hostelería. Más de 40 ya. Desde que Antonio volviese de Francia a España y decidiese instalarse en Valladolid.Aquello fue a finales de los 70 del pasado siglo. Natural de Otero, en la provincia de León, pintor y decorador, a estas dos últimas profesiones dedicó su primeros años en tierras pucelanas, hasta que en los 80 abrió el 'Libra', un bar en la calle Dos de Mayo. Ahí empezó su camino en el mundo hostelero, con varios negocios más, como actualmente Tatai, Bowling Zool, Goa o La Fundición, y con sus hijos Chema y Cristian en ellos.

A partir de 2012, con la apertura de Goa, empezaron a buscar un local para un restaurante. No tenían cocina en ninguno y querían ampliar a ese campo. Lo encontraron en el centro de la capital, en la plaza Martí y Monsó, 1. «Abrimos Belmondo en agosto de 2014, así que ya llevamos ocho años. Fue nuestro primer local como restaurante, ya que luego vino La Fundición», recuerda Chema, añadiendo que el nombre llegó tras una batería de opciones: «Es el de un actor francés y nosotros nacimos en París... nos gustó y lo elegimos».

Desde el inicio la apuesta fue clara, por la cocina y por el formato gastrobar, en el que unían la parte de la restauración con la de la coctelería y la noche, «bajando la luz a partir de las doce».

Con una cocina no muy grande y una parrilla, comenzaron con ese concepto de comida para compartir... y ya en 2015 se llevaron el pincho de oro del Concurso Provincial, con su 'Pan con pan', un bocadillo de brioche, con papada, carrilleras, soja, trufa, coca cola, mozzarella y mostaza antigua. Eso les dio un espaldarazo a su concepto que ha ido, como suele ocurrir, evolucionando en función del mercado y que ahora cuenta con un menú del día como base al mediodía y con arroces y carnes a la parrilla como grandes protagonistas.

De hecho, parte de su cocina se basa en la parrilla y en carnes (chuleta de vaca, entrecot o secreto) y pescados (como el bacalao); aunque mantienen su esencia de gastrobar, sobre todo por las noches, con una carta bastante fija, en la que siempre destacan las croquetas (de cecina o jamón); las patatas Jean Paul (horneadas y con tres salsas, chimichurri, barbacoa y mostaza y miel); el steak tartar... las ensaladas o los arroces: «Risotto de gorgonzola y boletus con crujiente de jamón; meloso de chipirones y gambas; o de carrilleras y setas».

Mezclando la cocina tradicional con la innovación, y buscando unas presentaciones muy cuidadas, Glenys y Hind están a los manos de los fogones y de la parrilla. Todos los días de la semana, menos los lunes, que es cuando cierran, de 13.00 a 1.00 (y de 12.00 a 2.30 sábados y domingos): «Menos desayunos, damos de todo, vermú, comidas, cafés, copas y cenas».

Una de las incorporaciones tras aquella apertura fue el menú del día, por 17,90 euros, con cinco primeros y cinco segundos a elegir, con risotto, ensaladas o wok entre esos primeros; y secreto, entrecot, bacalao o salmón, entre los segundos; más bebida y postre: «Solemos mantener el menú fijo y se va cambiando en función del mercado».

Por la noche funcionan con esa carta en la que destacan las carnes y los pescados a la parrilla (de piedra volcánica) y el producto estrella: la carne de vaca, que les llega desde Zamora y tiene entre 45 y 60 días de maduración.

Con una capacidad para un centenar de comensales entre el comedor interior y la terraza (que en invierno está semicerrada), su ubicación, en pleno centro, es ideal en cuanto al tránsito de clientes de día y de noche.