Señora, que los reyes me escuchen

Jesús Anta
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Señora, que los reyes me escuchen - Foto: Jonathan Tajes

Corría el año 1985 cuando el Ayuntamiento inauguraba la remodelación de la plaza de la Trinidad. Una plaza que estaba un tanto apartada de la vida cotidiana de la ciudad. No obstante era famosa la iglesia de San Nicolás y las caminatas de los lunes que muchas personas se daban (y siguen dándose) para acercarse hasta esta iglesia. A San Nicolás de Bari los fieles le consideran un abogado de los negocios difíciles: quien le pida trabajo o salud para la familia deberá acercarse hasta esta parroquia tres lunes seguidos al mes. Es una tradición que se pierde en la memoria de las generaciones vallisoletanas.
El edificio de la iglesia se levantó mediado el siglo XVIII y antes estaba ocupado por los Trinitarios Descalzos. De ahí el nombre de la plaza. San Nicolás es  una viejísima parroquia que se atribuye a la tarea fundadora del conde Ansúrez, pero primigeniamente ubicada en las inmediaciones del puente Mayor. Entre otras singularidades, la iglesia tiene entronizada en su retablo mayor una escultura de la Virgen del Descubrimiento. Se trata de una talla del siglo XIII. Este nombre viene de una leyenda que relata que a sus pies rezó Colón durante una de sus estancias en Valladolid tratando de convencer a los Reyes Católicos de su empresa de llegar a oriente por la mar océana. Aquel favor lo solicitó el almirante en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, que es donde entonces estaba la imagen.
La otra referencia histórica de la plaza es el palacio del conde-duque de Benavente. Un impresionante y extenso palacio del siglo XVI  que demostraba el poder e influencia de una familia que se codeaba con los reyes de España. En él se alojaban los monarcas en sus estancias en Valladolid, y en sus dependencias nacieron hijos de la familia real.
Lo que ahora queda es un pálido recuerdo de su grandeza. Conserva la portada y el patio principal en el que han crecido unos interesantes palmitos gigantes. Desde 1989 aloja la Biblioteca de Castilla y León, después de un largo uso como hospicio provincial y de haber sufrido algún que otro incendio.
Los elementos monumentales de la plaza se rematan con un tercer edificio: el Convento de San Quirce y Santa Julita. El importante arquitecto vallisoletano Francisco de Praves levantó el edificio en las primeras décadas del siglo XVII. Ocupado por religiosas del cister, contó con el patronato de varios monarcas y el favor de la insigne María de Molina. Tal era el favor real con el que contaba que durante la estancia de la Corte en Valladolid, el Palacio Real de la plaza de San Pablo comunicaba mediante un pasadizo aéreo con la iglesia del convento.
De la plaza parte la calle Isidro Polo, que nos sumerge en pleno barrio judío. Por eso la novela “El hereje”, de Delibes, sitúa en esta plaza uno de sus pasajes, describiéndola como lugar de la judería y  del Hospital de Expósitos, que no era, por aquel entonces, el hospicio provincial al que se ha hecho referencia más arriba. 
Desde la plaza no debe pasar desapercibida la vista que, a través de la calle Puente Mayor, se tiene del colegio público Isabel la Católica. En su inicio llamado Joaquín Costa, se construyó, como otros colegios de ladrillo de Valladolid, en la década de 1930. Desde la plaza se ve, principalmente, un elemento singular: el edificio circular de la pequeña piscina cubierta de que dispuso el colegio. También disponía de comedor (cantina escolar se llamaba entonces), duchas y servicio médico.
El conjunto de la plaza, flanqueado por las potentes construcciones que hemos comentado, ofrece un agradable espacio. La parte que linda con la calle San Quirce que, por cierto, también dio nombre a la plaza hasta que en 1863 el Ayuntamiento fijó el nombre definitivo que ahora tiene, se halla acotada por una verja que contribuye a cerrarla creando un espacio propio. 
En la plaza, muy sombreada gracias a unos grandes plátanos, medran dos grandes cedros del atlas que parecen custodiar el vástago de piedra rematado por cuatro faroles, que no es sino lo que quedó de la fuente Dorada de los años 50 y que se trajo aquí tras su desmontaje.