Los últimos pescadores de Castronuño

R. Gris
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Unas 50 familias del pueblo subsistieron saliendo a 'faenar' en las aguas del 'Padre Duero' en el siglo XX hasta que se prohibió la venta de los peces del río en 1988 . El pueblo ha inaugurado un monumento que honra aquellas jornadas de sol a sol

Los últimos pescadores de Castronuño - Foto: Jonathan Tajes

Parece mentira que en plena meseta castellana haya un pueblo donde el oficio de la pesca haya supuesto «un pilar fundamental» para la economía de los vecinos. Pero sí, es real. En Castronuño unas 50 familias vivían de salir a pescar o vender las capturas en las décadas de los 20, 30, 40 e incluso los 50. Unas 15 barcas surcaban las aguas del Duero desde Tordesillas hasta los límites de la localidad zamorana de Toro en busca de barbos, carpas, bogas y bermejuelas.  
El Ayuntamiento ha estrenado recientemente un monumento en la zona del parque de La Muela para esas familias que honraron con su trabajo el oficio de pescador. Abundio, que todavía vive en una residencia de ancianos, fue el último pescador en abandonar el oficio, pero no fue ni mucho menos el único. Los recuerdos vinculados al río están muy presentes porque aún perviven en el municipio y  existen «miles de anécdotas» vinculadas al ‘Padre Duero’.
Los pescadores trabajaban de sol a sol e incluso recorrían las aguas del río durante la noche para obtener el mayor número de peces posible. Los vendían prácticamente en la orilla y desde Castronuño se recorrían los mercados de la provincia para volver a comercializar los peces en los pueblos, e incluso se llegaba hasta Zamora y Salamanca. El tránsito de las barcas por el río era de lo más habitual y ver los burros cargados de peces por la margen izquierda del Duero era una imagen corriente para todos los vecinos. 
Las familias de pescadores compaginaban las labores del campo, la agricultura y la ganadería, con la faena en el río. Estaba permitido la pesca del 15 de agosto hasta el mes de marzo. Las barcas permanecían en al orilla durante todo ese tiempo y cada pescador salía a ‘faenar’ cuando lo estimaba oportuno. La mayoría de los pescadores han ido falleciendo con el paso de los años, pero todavía quedan algunos que se vieron obligados a pescar siendo niños para ayudar al sustento de sus familias. 
Abundio Hernández fue el último de todos ellos en dejar el oficio. Lo hizo en la década de los 90. Su hijo Jesús estuvo muchos días con él en la barca. Reconoce que su padre estaba vinculado al río, que no lo quiso dejar nunca hasta que se jubiló a pesar de los impedimentos de los últimos años para vender el pescado e incluso para pescarlo. A sus 49 años, Jesús recuerda las tremendas dificultades que tenían los pescadores. «Tenían unas grietas enormes en las manos, incluso para ponerse tiritas. Las provocaban las redes y los trasmallos, sobre todo en invierno». Relata que en alguna ocasión escuchó a su padre hablar incluso de haber roto el hielo del río con un hacha para poder pescar. 
Las barcas en las décadas de los 30 y 40 eran de álamo de ribera. Se hacían en el pueblo. Las construían dos carpinteros, Moruso y Sevilla, y eran de una sola pieza. Luego se comenzaron a hacer de chapa. La tradición en la familia de Abundio viene de su abuelo Clemente y pasó de generación en generación hasta el propio Jesús. Los pescadores hacían incluso hasta sus propias redes con hilo y bramante, y tenían en cuenta las lunas y la meteorología para salir al río. La economía era de subsistencia y los peces muchas veces servían como elemento de trueque para conseguir huevos, pan o cualquier otro alimento que llevar a casa. 
Unas 50 familias, considerando que muchas de ellas eran incluso de diez miembros, se dedican a la pesca. Las barcas solían estar ocupadas al menos por dos personas que se encargaban de las redes. En ocasiones, se enganchaban hasta tres trasmallos y el peso era considerable. Se habilitaba un espacio dentro de la barca para ir almacenando los peces y después se le pedía «a un rapaciño» que acompañara a los burros con las alforjas llenas de pescado. Recorrían muchos kilómetros buscando el mejor sitio para pescar y se iban picando las orillas con un palo para hacer salir a los barbos de los hoyos provocados por el agua. 


De padres a hijos. Cada una de las familias de los pescadores era conocida por un mote. Licheli, Ferrines, Enguilas, Ponches, Chulos, Polos y Genaretes eran algunas. Víctor Álvarez pertenece a los Polos. Tiene 58 años y recuerda su infancia vinculada al río. Salía con su padre de pesca y después tocaba vender las capturas. «Entonces había mucha pesca en el río». Habla de hace 40 años y recuerda esas marchas en burro o en bicicleta con los cajones detrás visitando los pueblos para conseguir vender la mercancía. «Hasta Cantalapiedra, en Salamanca, o Peñaranda de Bracamonte se iba». Todos conocen el oficio a la perfección, incluso algunos de ellos mantienen elementos relacionados con la pesca como los plomos o los corchos que acompañaban a las redes. Mariano Vegas es de la familia Licheli y a sus 70 años aún conserva la barca donde salía a faenar con su padre. Lo hizo desde los 12 años hasta los 20, cuando tuvo que abandonar el municipio en busca de un futuro más prometedor. Salía sobre todo con su padre Félix y sus hermanos mayores José y Alejandro.
El oficio se iba trasmitiendo de padres a hijos debido a su importancia para la economía familiar. Se podían coger entre 20 y 40 kilos cada vez que se salía a faenar. Los pescadores conocían el río a la perfección, incluso lo que había debajo del agua. Pero no sabían nadar. Parece curioso que en un pueblo de pescadores ninguno supiera nadar, pero así era. No era una hándicap de importancia, ya que algunos pescadores llegaron a sacar toneladas de peces del río a lo largo de su vida. «Se vendía por kilos, pero ya no me acuerdo de cuánto podía valer», matiza Vegas. 
La pesca resultó fundamental para la economía familiar durante décadas. Lo recuerda bien Florentina García, mujer de pescador. «Vivimos de la pesca», recuerda. Teodoro Ferrín, su marido, salía con su hermano Pedro, en su barca todos los días. «Lo vendíamos después a los Midolos o al Zorro que luego lo llevaban a otros pueblos». Su marido lo tuvo que dejar con tan solo 45 años debido a una enfermedad. «Cayó enfermó y ya no podía salir».
Los pescadores, al igual que Teodoro, no tuvieron más remedio que ir abandonando la actividad con la llegada a partir de la década de los 50 de nueva regulación. «Todos tenían su permiso, la licencia correspondiente, pero luego los veterinarios empezaron a poner pegas para que se vendiera el pescado y ya comenzamos a dejarlo». Aunque fue de forma gradual, tanto Florentina, como Víctor y Mariano relatan que los agentes de la Guardia Civil y los veterinarios para vez buscaban más impedimentos para que la actividad fuera acabándose. 
La presa de San José también ocasionó que la cantidad de peces no fuera la misma que en las décadas anteriores y poco a poco la actividad se fue perdiendo. Esa circunstancia ocasionó que el efecto de la despoblación comenzara en el pueblo. Muchas familias no tuvieron más remedio que buscar refugio económico en las ciudades para comenzar una nueva vida. «Muchos fueron a Bilbao o otros sitios». Algunos paseaban a los turistas que llegaban a Castronuño en las barcas, pero aquello no representaba un negocio. 
Ahora, casi medio siglo después de que muchos ‘ataran su barca a puerto’ un monumento honra su memoria y recuerda a los visitantes esta importante faceta del municipio. Los hijos de aquellos pescadores se muestran «orgullosos» y reviven su pasado desde la memoria y los recuerdos. Una memoria que navega cada día por el Duero.