El contrapunto de la educación rural: colegios con 4 niños

R.G.R
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Educación mantiene cuatro colegios este curso con cuatro alumnos, donde no existen los problemas de distancia que provocan tantas quejas y problemas como en centros de la capital y zonas más pobladas. Menos de diez tienen en el CRA de Villabrágima

Los siete alumnos que acuden a clase en Villagarcía de Campos no tienen problemas para mantener la separación de metro y medio. - Foto: Miguel Ángel Santos

El comienzo del curso está siendo complicado. Quejas de padres y madres de alumnos, cierre de aulas por casos positivos en estudiantes y profesores y un auténtico conglomerado de medidas para que se mantenga la distancia física de un metro y medio. En algunos casos, incluso varios centros, como los institutos La Merced en Valladolid y el María Moliner de Laguna de Duero, se han visto obligados a impartir clases por la tarde para cumplir las ratios exigidas.
La pandemia está ocasionando problemas en la mayoría de los centros educativos urbanos para encajar a todos los alumnos manteniendo los espacios. Sin embargo, existen colegios en la provincia que no están teniendo este problema. El efecto de la despoblación ha ocasionado que se cierren algunas aulas durante los últimos cursos y, una circunstancia que se veía como un serio problema por parte de las administraciones, ahora parece más bien una ventaja. 
Cuatro colegios de la provincia han empezado sus clases con tan solo cuatro escolares. Están muy cerca de cerrar sus puertas por falta de alumnado. Durante los últimos cinco años han sido tres las aulas del medio rural que cerraban sus puertas por falta de niños. Trigueros del Valle perteneciente al CRA Entreviñas de Fuensaldaña lo hizo en el curso 20016/17. Casasola de Arión, del CRA La Besana de Mota del Marqués, en el 20017/18 y Castroponce, del CRA Campos de Castilla, en el 2019/20. Tanto este curso como el pasado no se ha producido ningún cierre. 
Esta circunstancia poblacional que siempre ha sido considerada como una desventaja se ve con muy buenos ojos tanto por parte de profesores como de alumnos, este curso marcado por la pandemia. El CRA Villas del Sequillo, con cabecera en Villabrágima, abarca las localidades de Tordehumos, Urueña, Villagarcía de Campos, y San Pedro de Latarce. Los dos primeros municipios albergan dos de los colegios que tienen tan solo cuatro alumnos. La directora del centro, Almudena Martínez, explica que los escolares cuentan con mucho espacio y las distancias no son ningún problema. Los alumnos no son hermanos y sus clases son diferentes. Su espacio es mucho mayor y no tienen problemas a la hora de impartir las clases. 
En Villagarcía son únicamente siete alumnos. Van a los cursos segundo, cuarto, quinto y sexto de Primaria. Entran a las nueve y media de la mañana. Lo primero que hacen, como el resto del alumnado en la provincia, es tomarse a la temperatura a la entrada del colegio. Tienen geles desinfectantes y es obligatorio el uso de la mascarilla. Hay dos parejas de hermanos. Todos son la localidad. Se conocen perfectamente e incluso juegan en las calles y plazas del municipio una vez que salen de clase. 
No tienen ningún problema de espacio. El colegio tiene unas dimensiones considerables, tanto en el interior como en el patio de recreo y solo siete niños campan a sus anchas por los pasillos y las aulas. En clase se juntan formando media circunferencia para no mirarse de forma directa los unos a los otros y, aunque continúan con la mascarilla, pueden atender a la profesora manteniendo en todo momento la distancia de metro y medio y sobran muchos pupitres vacíos. 
Tampoco tienen problemas a la hora de ir al baño. Pueden ir sin esperar ningún tipo de cola. Lo hacen como poco seis veces para lavarse las manos. En ningún momento esperan lo más mínimo. En este caso sí se podría decir que se trata de un auténtico ‘grupo burbuja’, ya que pasan todo el día juntos. Incluso cuando salen de las aulas a las calles del pueblo, continúan jugando juntos. Casi no se mezclan con más niños. 
Dentro del aula tienen una cierta libertad de movimientos, ya que pueden levantarse de sus pupitres sin tener que estar tan pendientes de cruzarse con sus compañeros. Incluso se ven algunas imágenes en el patio que son difíciles de encontrar en la ciudad. Se abrazan y se tocan en todo momento. Siempre están juntos. 
Su tutora es María Jesús Torres. Manifiesta que con respecto a la pandemia está encantada con la situación debido al espacio con el que cuenta. «¡Un colegio para solo siete niños!». Aunque reconoce que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. A nivel educativo, no todos tienen las mismas asignaturas y los más mayores se ven obligados a ayudar a los pequeños a la hora de sacar los deberes adelante. «No nos podemos comparar con esas aulas donde hay 25 alumnos, pero por otro lado tenemos que dar varios cursos a la vez». 
Se imparten las asignaturas de Matemáticas, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales, Inglés, Educación Artística, Religión Católica o Valores, Música, y Educación Física. Son los profesores con estas especialidades los que se desplazan desde Villabrágima. Se intenta que mantengan contacto con el menor número de docentes posible. Se trata de un auténtico ‘grupo burbuja’. 
Aún están esperando la llegada de otros cuatro alumnos. Sus padres llegarán al pueblo en los próximos días por motivos laborales y sus hijos se incorporarán a clase. Serán 11 durante todo el curso. Eso tampoco supondrá ningún problema, el espacio seguirá siendo amplio. Reconoce que en este comienzo de las clases, las medidas sanitarias están lastrando el tiempo dedicado a la docencia. Llegan a las nueve y media de la mañana, tienen que pasar en fila por el termómetro y también deben pasar por la alfombra de desinfección de calzado. La mascarilla la cambian al menos una vez a mitad de jornada lectiva. No comparten ningún tipo de material dentro de la clase. Cada uno tiene sus bolis, pinturas, cuadernos y libros. «Este tipo de enseñanza es un lujo para ellos».
A las doce y media salen al recreo. Es el momento preferido de los más pequeños. Se trata de Giva, Emilio, Pilar, Hafsa, Ana, Miguel y Elena. Juegan todos juntos. Van de un lado para otro del patio, corriendo o en pequeños grupos. Chicas y chicos de todas las edades. Alguno está enfadado. «No nos dejan el balón de fútbol en el patio», explica. Algún día suelto sí tienen suerte y pueden echar un partido. Los hermanos no se separan entre sí y los mayores se encargan de cuidar a los pequeños. Tienen los columpios vacíos. Hoy no tienen ganas de utilizarlos.
Se comen el almuerzo en medio del silencio. Solo la atenta mirada de la tutora está presente en el patio. Tienen media hora para jugar. Se nota que la situación es diferente. No hay juguetes. Nada que puedan compartir. No saltan a la comba o juegan al baloncesto en la canasta. Esperan a José, su profesor de Educación Física. Llega unos minutos antes de la una. Ya saben que lo bueno está a punto de acabarse. Saben que tienen que entrar de nuevo y que deben hacerlo los unos con los otros. «No nos gusta mucho, pero sí lo hacemos. Sobre todo a mi hermano». 
Pasan de nuevo por la puerta, donde su profesora les espera otra vez con el termómetro en la mano para una nueva toma de temperatura. Ahora llegará el turno de esforzarse a través de los juegos. No hay señales en el suelo o flechas indicativas de dónde se tienen que situar para no cruzarse con otros niños. Eso en este tipo de centros no existe. «No hemos tenido que hacer nada ni modificar ningún espacio». Tal vez el próximo curso, algunos de estos centros con un número tan reducido de alumnos ya no estén abiertos. Habrá que esperar, pero de momento, este año, cuentan con la gran ventaja de la libertad de las aulas.