Personajes con historia - Beatriz de Bobadilla

Beatriz de Bobadilla ‘La cazadora’, tan hermosa como sanguinaria


Señora de la Gomera y amante del rey Fernando y de Cristóbal Colón. Su tía, con su mismo nombre, fue la gran y siempre leal amiga de la Reina Isabel la Católica

Antonio Pérez Henares - 22/03/2021

En la Historia hay dos Beatriz de Bobadilla que en su tiempo alcanzaron gran renombre y fama. Fueron tía y sobrina. Ambas nacieron en Medina del Campo, con 20 años de diferencia y ambas vivieron en la corte y en la cercanía de los reyes, Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. La primera, la tía, ha pasado a los textos como un dechado de lealtad y de virtudes. Amiga desde niña de Isabel, no tuvo esta mejor consejera ni valedora. Hasta estuvo a punto de dar su vida por ella. En el sitio de Baza, durante la guerra de Granada, un infiltrado enemigo se abalanzó sobre ella apuñalándola en reiteradas ocasiones. Pero no llegó ni a herirla. Las ropas de la dama fueron suficiente escudo y salió indemne. El sicario no debía ser muy ducho ni muy fuerte de brazo para fortuna de la Bobadilla. La reina Isabel la apreció siempre en mucho y su íntima amistad perduró durante toda su vida.
 No tuvo, sin embargo, Isabel, el mismo aprecio por la sobrina. Y no le faltaron razones, aunque de inicio la protegiera y no dejara de otorgarle mercedes aunque ya fuera para mantenerla lejos. Beatriz de Bobadilla y Osorio. De niña hermosa y de joven y por siempre de una belleza deslumbradora, el oculto deseo de toda la corte. A la que no fue en absoluto inmune el rey Fernando, cuyas aventuras amorosas extramatrimoniales no fueron precisamente pocas, pero esta preocupó en mucho a la reina castellana. Más cuando aunque no viuda, sí estaba desconsolada por la muerte de su amante y había larga cola por consolarla, pero el rey gozaba de preferencia.
 Porque si en estos tiempos hubiera sucedido el primer romance de la bella, hubiera copado todas las portadas. Él era nada menos que el joven y apuesto Gran Maestre de los aguerridos caballeros calatravos, don Rodrigo Téllez de Girón. La pareja de moda y una boda imposible, pues el galán no podía casarse, pues los calatravos eran freires, o sea frailes y no podían hacerlo. Célibes tampoco, pero eso era otra cosa. De hecho, el padre del mozo, Pedro Girón, Gran Maestre de la Orden, hijos tenía cuatro y bien reconocidos. Él renunció al cargo y lo entregó a su hijo, que tenía ¡10 años! para así poder casar nada menos que con Isabel, cuando era princesa y antes de que apareciera Fernando. No llegó, bien es sabido, a celebrarse boda. Tan solo un par de días antes y cuando se dirigía a sus esponsales, él dio un tarantantan nocturno y se quedó tieso. Un infarto o vaya usted a saber el qué, pero para inmenso alivio de Isabel.
El hijo, con 10 años, mantuvo el cargo, pero su ejercicio efectivo lo tuvo su tutor y tío Juan Pacheco hasta que cumplió los 18, y aunque el Papa había transigido con la condición de que hubiera de esperar hasta los 25, al final fue maestre con todas las bendiciones. Como tal fue primer contrario a Isabel, ya reina, y partidario de Juana la Beltraneja y luego ya cambió de bando donde fue bien recibido. La bienvenida mejor parece que fue la de Beatriz y sus amores poco tardaron en ser no solo notorios sino hasta pregonados y llevados con galanura por ambos.
Todo iba bien y dentro de lo que cabía y era tolerable. La imagen que se tiene de ciertas épocas en cuanto a conductas y permisividades es algo más que pacata, hasta que al maestre, cumpliendo como bravo en la guerra de Granada que los reyes habían comenzado hacia dos años, le alcanzaron dos saetas moras en el cerco de Loja y una no tuvo remedio pues le entró por el ojo. Murió que se diría en la flor de la vida, con tan solo 26 años. Ella, la hermosa, solo 22 tenía. Los consoladores no tardaron en cercarla y ahí apareció el solícito rey Fernando y el deseo de Isabel en mantenerla lo más lejos posible. Por ejemplo, mandándola a Canarias, cuya conquista y asentamiento castellano habían comenzado tan solo unos años antes. 
 La ocasión se la pintaron calva y sin esperar nada, aquel mismo año de 1482. Estaba en proceso de juicio y con amenaza de soga un tal Peraza, apodado el Joven, por ser hijo de Pedraza el Viejo, señor y conquistador de la Gomera al que se le tenía en estima. El hijo, bastante había tenido participación en la conjura concluida en el asesinato del gobernador de Gran Canaria, Juan Rejón, por la que algunos de sus cómplices habían pagado con su vida. Así que se le hizo una propuesta que no podía rechazar, casarse con Beatriz, lo que era una verdadera pera en dulce, y volver a la Gomera llevándosela con ella. Aceptó feliz, claro. A ella tampoco le desagradó la idea porque, entre otras cosas, la reina le otorgó una substanciosa dote y se instaló en la isla.
A Beatriz le llamaban La cazadora, un apodo que en principio venía de su padre, Cazador Mayor del Rey, pero en la Gomera el apodo iba a adquirir otro significado. Hernán Peraza, su marido, del que tuvo dos hijos, Guillén e Inés, no tardó en meterse de nuevo en problemas. Sedujo y se hizo amante de una princesa nativa, Iballa. Sorprendidos por su tutor, los guanches acabaron con la vida de Peraza. Estalló una tremenda rebelión en toda la isla contra los castellanos. Beatriz demostró coraje y valor, se encastilló en la Torre de San Sebastián de la Gomera y aguantó hasta que llegaron refuerzos. Tropas de Gran Canaria al mando de su gobernador Pedro Vera, que levantaron el cerco y hicieron huir a los rebeldes. 
Lo que sucedió después cambiaría de manera total la imagen de la bella Beatriz y su vida futura. Vera y ella ofrecieron a los rebeldes una amnistía a cambio de su rendición. Estos la aceptaron y entonces, faltando a su palabra, desataron un represión terrible, asesinando a muchos de ellos, tanto de las tribus sublevadas como de otras que no habían participado, y desatando así una terrible cacería de exterminio en la que buscaron la muerte de todo varón mayor de 15 años. Fue tal la crueldad que ambos fueron denunciados, entre otros, por el obispo de Gran Canaria, y hubieron de comparecer ante los reyes a rendir cuentas. A Vera, abuelo paterno, por cierto, del gran descubridor Alvar Núñez Cabeza de Vaca, gran defensor de los indígenas americanos, le costó el cargo y perder el favor para siempre de los reyes y a ambos tener que pagar una multa de medio millón de maravedís para rescate de los que habían esclavizado. Los buenos oficios de su tía la condesa de Moya logró que su sobrina pudiera volver a la Gomera, pero su nombre quedó manchado para siempre. 
Beatriz, en la Corte, en aquellos años en el tramo definitivo de la guerra de Granada parece que se dedicó a otra caza, en la que no tenía rival alguna. Cristóbal Colón que andaba por allí intentado vender su viaje fue uno de ellos. Tanto fue el impacto y tan prendado quedó que hasta pensó en matrimoniar con ella. Ella entonces picaba más alto. Se le atribuyeron algunos otros, con Alfonso Carrillo, señor de Caracena, tras haberlo sido de Jadraque y Mandayona (Guadalajara) y sus castillos, y también del mío, Bujalaro, y hasta que había seducido a un paje de Juan, el hijo mayor de los reyes, el que solo sería gran cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, cosa asaz dudosa pues entonces este apenas tenía 14 años.
 La leyenda de La cazadora ya estaba forjada. «Mujer despiadada, cruel, sanguinaria, ambiciosa, ladrona y ninfómana», a la que se unió el de Dama sangrienta, traficante de esclavos y envenenadora, pues también se dijo que así acababa con algunos amantes en la Gomera cuando se cansaba de ellos. Pero ni siquiera todo ello pudo borrar la huella de su belleza. Colón prosiguió cortejándola, y la vio antes de partir en el Puerto de Santa María. E intentó encontrarse con ella en la isla al llevar allí a reparar a La Pinta, pero ella estaba ausente. Sí lo consiguió en su segundo viaje, cuando ya era el descubridor de las Indias y fue un encuentro muy sonado según cuenta el paisano del genovés Michelle de Cuneo, que iba en el viaje. El Almirante hizo engalanar y embanderar las naves, hizo subir a galopines y grumetes por las vergas para llenarlas de color y gallardetes y gastó pólvora en salvas de lombardas y fuegos artificiales anunciando a la bella su llegada. Ella, viuda, le recibió con alegría y hospitalidad íntima al decir de las lenguas marineras. La aguada demoró bastantes días. «Todo ello se hace por causa de la señora de este dicho lugar, de la cual nuestro señor Almirante está encendido de amor (tincto de amore) desde otros tiempos. En este dicho lugar recogeremos refrescos y todo lo necesario. Me ha dicho que el día 10 de octubre daremos a la vela para tornar a nuestra derrota».
No sabía don Cristóbal que no mucho después, y en lo que creía sus dominios, se iba a topar con otro Bobadilla, el hermano de Beatriz, que fue enviado por los reyes a La Española, actual Dominicana, para cortarle las alas. Bobadilla se lo tomó tan a pecho que acabó mandándolo cargado de cadenas de vuelta a España, un exceso algo que desagradó a los Católicos, aunque ya de Colón no se fiaron para los restos aunque le dejaron volver en el cuarto y último viaje. 
En este, Colón volvió a pasar por la Gomera, pero se encontró a Beatriz, de nuevo casada. Lo había hecho en el 1488, esta vez nada menos que con el Adelantado de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, a quien ayudó con sus dineros a conquistar, después de una intentona fallida, Tenerife. La cazadora había cazado marido y no solo eso. Su hijo Guillén, aunque era ella quien gobernaba (era señora de Hierro y la Gomera), pero su hija Inés casaría luego con el hijo de su marido, Pedro Fernández de Lugo, pues entre ambos no había parentesco consanguíneo alguno y que, a la postre, heredaría al padre en tierras y en el cargo de Adelantado. 

 

Tragedia en el mar

El Almirante, al llegar a las Indias, donde tenía prohibido desembarcar en la Española, intentó refugiarse en su puerto pues preveyó la llegada de un terrible huracán. Avisó de ello, pero el nuevo hombre al mando, Nicolás Ovando no se lo permitió, y el hermano de Beatriz, el Bobadilla que le había engrilletado, se tomó a chanza su advertencia y salió con 30 naos de vuelta y con destino a España. El huracán advertido por Colón lo envió al fondo del mar así como a 29 de las naves y miles de hombres. Este logró abrigo en alguna cala costera y salvó sus barcos.
La cazadora tenía también prohibido por la Reina Isabel regresar a Castilla a no ser que fuera por ella o la Justicia requerida. Andaba muy metida en pleitos por sus derechos canarios, y acechada por no pocos enemigos que se había ganado. 
Al fin pudo hacerlo a la muerte de Isabel, a principios del 1504 y regresó a su ciudad natal, a Medina del Campo. Pero no tardó mucho en encontrarse con la muerte. Aquel mismo año, en noviembre, se la encontraron, un amanecer, muerta en su cama. Tenía 42 años y seguía siendo una mujer muy hermosa. Quedó sembrada la duda de si había sido por causas naturales o si había sido envenenada. Una leyenda, o no, que añadir a La cazadora. Su tía, su protectora y confidente de la reina, 20 años mayor que ella, todavía tardaría en bajar a su sepultura, ella rodeada de alabanzas, siete años más que su sobrina.