Editorial

El monarca que fue la mejor imagen de España y hoy está en el ojo del huracán

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Ayer dejó el palacio de La Zarzuela sin desvelar su lugar de destino y horas después la Casa del Rey emitió un comunicado dando cuenta de que Don Juan Carlos I se traslada fuera de España. En una carta remitida a Felipe VI asegura que se trata de una «meditada decisión», que la ha tomado ante la repercusión pública de las noticias sobre sus cuentas en el extranjero y para contribuir a facilitarle el ejercicio de sus funciones de jefe de Estado. Asegura también el monarca emérito que lo hace porque así se lo «exigen» su legado y su propia dignidad. Un legado que en los últimos tiempos se ha visto empañado por una sucesión de sombras y sospechas en torno a su patrimonio económico, al presunto cobro de multimillonarias comisiones de Arabia Saudí, a fundaciones en paraísos fiscales y a regalos que, con el tiempo, se han revelado como envenenados.
Quien acompañó a España en su difícil tránsito del franquismo a la democracia, quien tuvo mano firme a la hora de parar un golpe de estado militar que podría haber acabado con esos logros, quien con sus viajes, sus discursos y su carismática presencia contribuyó a mejorar sensiblemente la imagen del país, ni puede ni debe pasar a la historia como un monarca con intereses oscuros o como una rémora para la monarquía del siglo XXI que representa su hijo Felipe VI. 
En la carta de despedida, don Juan Carlos asegura que le mueve «el mismo afán de servicio a España» que inspiró su reinado, aunque, más allá del deseo y la conveniencia de preservar su trayectoria y su dignidad, probablemente se esconda también la necesidad de descansar, de salir del foco mediático y de sortear en la medida de lo posible ese huracán de reproches y críticas a su persona, a sus actuaciones tras la abdicación y, por extensión, a la Casa Real.
No son pocos los que tienen a la Jefatura del Estado en el punto de mira, desde los separatistas y los republicanos declarados al propio socio del PSOE en el Gobierno, Podemos, pasando por demócratas de distintas ideologías que ven agujeros negros y decisiones inadecuadas en algunas de sus actuaciones. Su marcha del país puede serenar esos ánimos alterados. Otros, en cambio, han salido de inmediato a la palestra para criticar lo que consideran una huida hacia adelante que no va a resolver ninguna polémica y que puede, en cambio, sembrar dudas e incrementar la sospecha sobre su conducta.
Apartado de la vida pública desde hace más de un año, el Rey emérito trata ahora de echar tierra sobre un presente convulso y busca cierto sosiego para sí y para Felipe VI. Este agradece el gesto y se aleja un poco más de su progenitor. No ha de ser fácil para ninguno.