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Personajes con historia - Recaredo

El Rey que abjuró del arrianismo y unificó a godos e hispano-romanos


Antonio Pérez Henares - 30/05/2022

Escribo a escasos kilómetros, campo a través, de la ciudad que lleva su nombre, Recópolis, en el término municipal de Zorita de los Canes, en Guadalajara. La única ciudad de nueva planta debida a los visigodos que se conserva en todo el mundo. Tajo arriba, fue su capital de verano, unida a Toledo por la red de calzadas romanas, por un camino que seguía la margen del río y, cada vez hay mas indicios, por un cierto trafico fluvial. Abarcaba 30 hectáreas de terrenos, de la que solo se llevan excavas poco más de dos, contaba con basílica, palacio, galería de comerciantes, tiendas de artesanos y una muralla que la circunvalaba. Desde hace bastantes años arqueólogos españoles a las ordenes de Lauro Olmo apoyado por la Universidad de Harvard y algunas alemanas van poco a poco progresando. 

La tristeza es el parque arqueológico, bajo dominio del gobierno regional, que muestra un abandono y una dejadez tan notable como inaudita. Vivió tiempos mejores pero ha sufrido un deterioro terrible en los últimos años. No lo merece ni el lugar, ni lo que significa en la Historia tanto hispana como europea. 

La ciudad de Recaredo fue tomada por la tribu de los Di-il-Num, bereberes, y tras un declive muy rápido, acabó por sufrir un incendio y los musulmanes aprovechando sus piedras de sillería construyeron la fortaleza sobre el Tajo a poco mas de medio kilómetro y en un lugar mucho más defendible y le llamaron Madinat al Zuritan, luego Zorita.

 Pero quien fue ese rey godo cuyo nombre lleva y sabemos que su padre, Leovigildo, logró unificar bajo su mando a toda la Península, expulsando a los últimos bizantinos del Imperio Romano de Oriente y sometiendo a los suevos, que dominaban Galicia y a los siempre rebeldes vascones.

Recaredo, su sucesor, hizo algo más. Había sufrido incluso en su propia familia la división religiosa que existía entre los hispano-romanos, unos tres millones y los dominantes godos, 300.000, que llevó a que su hermanastro Hermenegildo, convertido al catolicismo y rebelde contra su padre, acabara siendo ejecutado por este. Y por ello, llevado a los altares. Fue Recaredo quien dio el paso hacia adelante, con una solemne conversión en el Concilio de Toledo y la unificación además de las leyes para que abarcaran al conjunto de la población.

Recaredo fue el hijo mayor de Leovigildo, nació en Toledo el 21 de diciembre del año 559 y fue rey de los visigodos desde el año 586 hasta el 601 en el que falleció, también en la sede regia del reino.

Desde muy joven estuvo al lado de su padre, puesto que este le asoció al trono convirtiendo la dinastía en hereditaria, conculcando así la tradición goda de la elección entre los notables del reino lo que provocó descontentos de esos y rebeliones que Leovigildo sofocó con mano de hierro. Recaredo le acompaño en estas luchas al igual que en las que sostuvo contra los francos, los bizantinos del litoral andaluz y los vascones. 

Vivió el trauma de la muerte de su sublevado hermano Hermegildo, tras ser vencido y capturado, a manos de un noble llamado Sisberto pero que, sin duda, contó con la aquiescencia de su padre.

Mucho debió pesar ello en su animo, pues tan solo tres años después de subir al trono se convocó el Concilio de Toledo donde hizo publica abjuración del arrianismo junto con mucho nobles godos y en presencia del obispo San Leandro gran factótum de la operación.

 Pero antes de ello, Recaredo, y nada mas ser coronado, cumplió con lo que consideró un deber de hermano y un aviso a navegantes de que no toleraría intentos de magnicidios y asesinatos a miembros de la casa real. Hizo ejecutar al asesino de Hermenegildo, Sisberto.

Los francos, amigos y enemigos

Estaba previsto que se casara con la hija de un rey franco, Rigunda, para establecer una alianza con ellos, pero la muerte del padre, asesinado, cuando la novia estaba ya de viaje y cerca de Toulouse, hizo que el matrimonio perdiera todo el sentido. Recaredo siguió intentado buscar esa alianza pero sus intentonas fracasaron también. La muerte de su padre y convertirse en rey le había sorprendido de hecho en la Septimania, peleando con los francos que querían arrebatarle los terrenos al otro lado de los Pirineos, como Carcasona, que pertenecía al los visigodos.

Según leyendas alentadas por la jerarquía católica pero parece que no exentas de veracidad, Recaredo ya se había bautizado dos años antes en secreto y había ido preparando el terreno procurando cónclaves y reuniones entre obispos arrianos y obispos católicos y finalmente el mismo había sido determinante a la hora de convencer a los arrianos, haciéndoles entender a todos que era lo mejor para todo el reino.

Mientras Recaredo seguía fracasando en su intento de lograr matrimoniar con una princesa franca y al final tras otro intento fallido se terminó por casar con una plebeya goda, que era además su concubina desde hacia años: Baddo.

Algunos arrianos no aceptaron la general aceptación de la mayoría y comenzaron a conspirar. El obispo arriano de Mérida, Sunna, fue el cabecilla de la primera que pretendía en unión de algunos nobles el asesinato del dux lusitano, Claudio, fiel a Recaredo y católico. El aviso de otros nobles conversos, entre ellos uno que años mas tarde llegaría a ceñir la corona, Witerico, hicieron fracasar el intento y el duque Claudio los aplastó y a quien tenían previsto nombrar rey en sustitución de Recadero, Segga, le cortó ambas manos y lo desterró a Galicia. Al obispo arriano Sunna le ofrecieron seguirlo siendo en Mérida si se hacía católico, pero se negó y fue enviado al destierro, marchando a Mauritania, donde siguió conspirando hasta que poco antes de que llegara el año 600 murió de manera violenta según parece por algún enviado real con esa misión.

Recaredo se mostró tras la rebelión en Mérida muy duro con los arrianos recalcitrantes y ordenó quemar sus libros, suprimiendo la organización de su iglesia y excluyéndolos para cualquier cargo público. El arrianismo, con tales medidas, no tardó en desaparecer al cabo de pocos años, aunque no sin antes protagonizar alguna otra intentona como la del obispo Uldila, residente en Toledo y que aunque había abjurado conspiró con la reina viuda, primero de Atanagildo y luego última esposa de Leovigildo. Fracasó también, Uldila hubo de coger el camino del exilio y la reina viuda murió poco después.

Nuevas revueltas

Mas grave fue la revuelta orquestada en la Septimania con los condes Granista y Wildigerno a la cabeza y con el apoyo del obispo arriano de Narbona, Athaloc. Se aliaron con un viejo enemigo, al que Recaredo ya había vencido una vez, el borgoñón Gontrán, aunque este fuera católico, que envió sus tropas aunque él no fue al mando, las cuales llegaron a ocupar Carcasona pero fueron después derrotadas a las orillas del río Aude por los visigodos que fueron hasta allá al mando del duque de la Lusitania, el ya conocido Claudio, de origen hispano romano, como su nombre indica y fiel aliado y leal a Recaredo). Los francos se dejaron nada menos que 5.000 muertos, entre ellos los dos condes cabecillas, en el campo de batalla y 2.000 prisioneros, además. La Septimania quedó asegurada con el rotundo triunfo.

La última conspiración contra Recaredo (año 590), parece que no tuvo en esta ocasión que ver con los arrianos, sino con el intento de asesinar al rey y sustituirlo -era hábito muy frecuente, que perduraría en el reino visigodo y fue causa de su dramático final- por un tal Argimundo que tenía a su mando alguna provincia del reino y algunos notables palaciegos. Descubierto, Argimiro fue azotado, decalvado y amputado en su mano derecha en público y para mayor escarnio.

La reina Baddo, la única mujer que firmó las actas del concilio, dio a Recaredo un hijo varón, Liuva, que llegó al trono cuando contaba con 20 años. La condición plebeya de su madre produjo aun más resistencia de la habitual a su entronización pero a la postre esta se consumo.

Muerte natural

Poco antes de morir, Recaredo hubo de combatir un nuevo intento bizantino, que consiguió progresar pero realmente su avance no fue muy significativo pero aun perdurarían un cierto tiempo asentados en el litoral en las cercanías de Málaga. El rey Recaredo, fallecido inusualmente de muerte natural y conservando el trono, dejó este mundo el 21 de diciembre del 601.

 No fue el caso de su hijo. Este duró bien poco en el trono. Su origen plebeyo por parte de madre le restó muchos apoyos entre la nobleza, y el ya mentado Witerico, el delator de la conjura de Mérida contra Recaredo, lo aprovechó. Consiguió el mando de las tropas para teóricamente luchar contra los bizantinos y lo que hizo fue dirigirse al propio palacio donde capturó a Liuva tan solo un año y pico después de haber sido coronado. Primero ordenó que le amputaran la mano derecha, lo que según la ley goda le impedía, como la decalvación, reinar y luego no contento con ello y por si las moscas lo hizo decapitar en el año 603. Al hombre ni le debió de dar tiempo de pasar un verano en el palacio de Recópolis.