Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Rectora de la UEMC. Especialista en Comunicación Política


Después del coronavirus

28/03/2020

Los delfines han aprovechado la cuarentena que también vive Italia para regresar a los canales de agua, más limpios que nunca, en lugares como la mítica Venecia. Y es que estamos en un periodo de una triple transformación imparable: personal, profesional y empresarial. Un giro copernicano en cuestión de días. Sin precedentes. Un tiempo nuevo para innovar de verdad, para demostrar el significado del talento y el poder del liderazgo. Justamente, en esta semana que finaliza, he tenido el honor de participar en un encuentro digital sobre Comunicación Política, en el que me preguntaban por las claves del liderazgo en la gestión de crisis (objeto de mis líneas de investigación durante muchos años). Veréis, para un líder gubernamental, son los hechos los que marcan el ritmo de su mensaje, que no por más emocional es más creíble. En la administración de crisis, todo líder político debe generar confianza a través de su carácter propositivo, su ejemplo y sus resultados. Liderar es influir. Influye quien, ante esta grave situación, no sólo comunica, sino demuestra que es capaz de crear seguridad. Posteriormente, las emociones pueden entrar en juego para redondear su comunicación (pero no deberían ser la base principal del discurso de ningún responsable político en estos momentos). Es el tiempo de los hechos. El relato de la acción coherente.
Ha sido impactante saber que somos finitos, vulnerables y que caminamos por arenas movedizas. Hemos tenido que aprender a vivir con la incertidumbre, mientras la vida muda su piel. Inmóviles. Nunca un proceso de aprendizaje trascendental se ha concentrado en tan poco tiempo. Aprender a practicar la paciencia. Cambiando el miedo por la solidaridad. Soportando la angustia, incluso, de ver morir a quiénes amamos. Ejercitando la prudencia y la serenidad, bajo este arresto domiciliario necesario. Hemos aprendido que necesitamos sonreír, tocar y que pensar en esa panzada de felicidad que nos daremos pronto, nos mantiene con la energía suficiente para seguir adelante. Desde luego, no hay mayor poder que el que tienen las emociones en un circuito de oscuridad. Mantener el reto de abrazar a las personas que amamos, es el principio de un nuevo movimiento social. Esta experiencia también debería servirnos para aupar en nuestras organizaciones a las personas que aportan un valor decisivo. Están saliendo a  flote, como los delfines venecianos, los valores empresariales primarios: la cooperación, el compromiso o el altruismo. Y comienzan a anularse otros que nadan a contracorriente de la competitividad: el individualismo o los protagonismos, siempre tan improductivos. 
Se están encendiendo lámparas auxiliares, como la generosidad, el afecto o la colaboración. Pilares fundamentales en este estadio de teletrabajo al que se han tenido que adaptar empresas e instituciones, casi de la noche a la mañana. Sin terapia de choque. España, culturalmente,  no está suficientemente preparada para trabajar a distancia pero, en estas semanas, espero que hayamos podido detectar cómo la tecnología, metodológicamente incorporada a la acción productiva, es una realidad imparable. Confianza y autogestión en pro de la eficiencia. Hemos arrancado el motor. No lo paremos. No permitamos que el liderazgo se quede en cuarentena. Tampoco el agradecimiento. Gracias a todos los que lucháis por proteger nuestra salud, desde distintas posiciones. Que sepáis que Dios coloca a sus mejores guerreros en las batallas más difíciles. ¡Cuántas lámparas habéis encendido en esta travesía! Faros que no caerán en saco roto. La luz exterior, dentro del túnel, no se ve, pero existe. Cuando salgamos a la superficie, después del coronavirus, lo más importante es que toda esa luz que ha provocado la fuerza del Bien no nos ciegue. No lo hará. Porque la luz seguirá en ti.