«Trabajo, la mejor terapia para problemas de salud mental»

Óscar Fraile
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El presidente de la asociación El Puente, Jesús Corrales, apuesta por huir del paternalismo en la atención a personas con problemas de salud mental y hace hincapié en la importancia de que ellos sean los dueños de su propia vida

«Trabajo, la mejor terapia para problemas de salud mental» - Foto: Jonathan Tajes

Jesús Corrales se inició en el movimiento de ayuda a las personas con problemas de salud mental hace 18 años, cuando uno de sus hijos tuvo que enfrentarse a este reto. Desde entonces ha ocupado diversos cargos de responsabilidad en varias asociaciones y ha luchado para huir del paternalismo hacia un servicio asistencial que priorice la autonomía de estas personas. 
Faltan menos de tres semanas para la celebración del Día Mundial de la Salud Mental, una jornada en la que todas las asociaciones suelen hacer hincapié en la necesidad de avanzar en la inclusión laboral de estas personas. ¿Por qué cuesta tanto dar pasos adelante?
Es un problema que viene de lejos. Siempre se ha creído que las personas con problemas de salud mental perdían el raciocinio y la capacidad de obrar. Hemos tenido que derribar muchas barreras y poco a poco se va cambiando. De hecho, ya hay personas que tienen puestos relevantes. Nosotros hacemos hincapié en el trabajo porque es la mejor terapia que puede haber. Es algo que te hace sentir útil, te equipara al resto de la sociedad, te dignifica y te da estabilidad económica. Además, estamos hablando de un mandato constitucional. Hemos comprobado con el paso de los años que una terapia adecuada, acompañada de un puesto de trabajo, arroja unos resultados óptimos.
Habla en pasado de la imagen que se tenía de las personas con problemas de salud mental, pero el lema del Día Mundial del año pasado fue ‘Soy como tú, aunque aún no lo sepas’. ¿Realmente la sociedad todavía no lo sabe?
En este punto tengo que hacer una diferenciación entre la población joven y la de más edad. Las personas con problemas de salud mental no convivían con el resto de la población hace años. Hay que recordar que los manicomios se empezaron a cerrar a partir de 1986. Hasta esa fecha estas personas vivían recluidas allí, al margen del resto de la sociedad. Se les apartaba. En cambio, ahora conviven con la gente joven. Por eso este sector de la población tiene asumido que una persona son estos problemas de salud es una persona más y que su enfermedad es como otra cualquiera, que le permite llevar una vida normal con el tratamiento adecuado. Sin embargo, entre la gente mayor todavía persiste eso de ‘cuidado, que este está loco y se le pueden cruzar los cables’. El cambio generacional está contribuyendo a la integración social.
Resulta curioso este desconocimiento si se tiene en cuenta que, según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas sufrirá algún problema de salud mental a lo largo de su vida...
Es raro que haya alguna familia en la que alguno de sus miembros no haya sufrido alguno de estos problemas. Yo vivo en Valladolid y vengo del medio rural. Pues bien, en mi pueblo hay varias personas que los tienen.
¿Puede ser que no tengamos claro a qué nos referimos cuando hablamos de problemas de salud mental?
La población, en general, no lo tiene claro. Cuando se habla de este término la gente rápidamente lo asocia a la esquizofrenia.
Cuesta desterrar el estigma del loco...
Mucho. Hace 40 años, cuando una persona tenía depresión, se decía que estaba ‘de los nervios’. Ycomo no tenía un tratamiento adecuado, eso se cronificaba, hasta el punto de vivir toda su vida con depresión. En este sentido, los medios de comunicación tienen que formar. Muchas veces, cuando se publica un suceso, se hace referencia a que esa persona está o estuvo en tratamiento por un problema de salud mental. ¿Y qué? ¿Por qué no se hace referencia a ello cuando está en tratamiento de un riñón? Es una forma de criminalizar al colectivo.
Hay muchas personas que renuncian al certificado de discapacidad cuando tienen un problema de salud mental. ¿Por qué cuesta asumirlo?
Por el estigma que lleva asociado. Por los estereotipos. Ese certificado te encuadra dentro de un colectivo al que la sociedad pone muchas dificultades. Y la Administración no toma las medidas adecuadas para combatirlo. En el Reino Unido se puso en marcha un programa de concienciación social para combatir el estigma. Pero eso no se hace en un día ni en dos. Fue un proyecto que se llevó a cabo durante once años con unos resultados magníficos.
Es decir, no hay otra fórmula que no sea la educación y la concienciación, pese a que esto siempre conlleve planificaciones a largo plazo.
Es algo similar a combatir el racismo. Si en los colegios separamos a los niños de diferentes razas y etnias, estamos fomentando una bomba. Si conviven, se terminará con muchos problemas. La población con problemas de audición tienen unas instalaciones en Burgos con un comedor al que iban a comer niños de colegios del entorno y convivían con los que tenían problema de sordera. Allí aprendían lenguaje de signos. Pues bien, Burgos es ahora una de las ciudades donde la población sorda tiene mayor grado de integración.
¿Qué opinión le merecen los recursos asistenciales que se destinan desde la sanidad pública para atender a las personas con problemas de salud mental?
En esta vida todo es mejorable. En España hay 300 asociaciones que prestamos ayuda a estas personas y sus familias. En cierto modo, nosotros somos prestadores de servicios. Por ejemplo, El Puente lo hace para la Junta de Castilla y León. Esto no es solo un problema sanitario, es un problema socio-sanitario. ¿Se podría potenciar la parte sanitaria con más psiquiatras y psicólogos clínicos, o con visitas más frecuentes a estos especialistas? Se podría hablar de ello, pero yo apostaría por potenciar la parte social. Una buena educación para que se vea a estas personas como un ciudadano más que puede trabajar en cualquier sitio. Hay que luchar contra la estigmatización. No se puede hacer eso con una persona por un problema de salud del que no es culpable. Es algo que se hacía mucho en el pasado. Culpar al afectado y a su familia. Por eso todavía hay muchas personas que no quieren que figure en ningún lado que padecen una de estas enfermedades.
¿Cómo podría resumir el trabajo que hace la asociación que preside?
Va enfocado principalmente a conseguir la autonomía plena de estas personas. Lo que conocemos como empoderamiento. Que la persona sea dueña y señora de su vida, como los somos usted y yo. Ayudamos a que superen los momentos más difíciles y reciban una atención adecuada. Nosotros no somos asistencialistas, eso ya quedó en el pasado. Nosotros preparamos a las personas.
Es más de una ocasión ha dicho que es partidario de huir del paternalismo.
Es que lo que pretendemos es que nadie tenga que pensar o decidir por ellos. Yo soy padre de un hijo con problemas de salud mental y lo que quiero es que sea uno más, que viva su vida. Yo estoy pendiente de él, pero en la misma medida que del resto de mis hijos.
Supongo que el papel de las familias será fundamental...
Para cualquier persona el apoyo de su familia es fundamental, pero sin caer en el paternalismo. Nadie se debe sentir más protegido que el de al lado, aunque se le proteja más. Él no lo debe percibir. Esto es importantísimo. Hay que dejar que decidan y se equivoquen. ¿Cuántas veces me habré equivocado yo? Muchas, y mi padre no ha estado siempre encima de mí.
Para las familias tampoco será fácil afrontar estos casos, sobre todo por el lógico desconocimiento sobre cómo deben actuar. ¿Desde El Puente se trabaja con ellas?
No es nada fácil aceptarlo. Aquí tenemos una Escuela de Familias donde los profesionales dan pautas de comportamiento y explican cómo manejar las situaciones de crisis que pueden aparecer. Y donde también les explican la importancia de tratar a las personas con problemas de salud mental en igualdad de condiciones.
¿Cuáles son los problemas de salud mental más frecuentes?
La gente siempre piensa en la esquizofrenia, aunque solo represente el uno por ciento. La depresión es, posiblemente, el peor problema de salud mental que existe, porque es el que tiene el peor tratamiento. Hay otros que te permiten tener una vida normalizada con un tratamiento, pero la depresión no tiene mucho tratamiento hoy en día. Es de las peores que existen, aunque la sociedad no lo vea así.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en el año 2030 los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo. ¿Qué se puede hacer para evitarlo y por qué se están incrementando tanto?
Actualmente son la primera causa de bajas laborales. Es una pregunta difícil de contestar porque tiene que ver con el modo que vida que hemos adoptado. Habría que cambiarlo. Por ejemplo, el consumismo con el que convivimos te puede abocar a un problema de salud mental. O las nuevas tecnologías. Hace un siglo había menos casos porque se vivía de una forma distinta.
O puede que no se visibilizaran tanto como ahora.
También es probable. Pero si la OMS ha hecho esa predicción para 2030, habrá que replantearse nuestro sistema de vida. Durante la última crisis que hemos atravesado se produjo un repunte de problemas de salud mental.
Si yo quiero tener un buen estado de salud física, sé muy bien lo que tengo que hacer: ejercicio y buena alimentación. En cambio, no tengo muy claro cómo puedo cuidar mi salud mental. ¿Hay formas de hacerlo?
Por supuesto. También tiene que ver con llevar una vida sana, alejada de prácticas peligrosas, como el consumo de drogas. La salud mental hay que cuidarla del mismo modo que la física. Hay que huir de todo lo que te provoca estrés y evitar meterse en espirales de consumismo desorbitado.
La reforma de la Ley General de Sanidad en 1986 inició el camino del cierre de los antiguos manicomios, aunque fue un proceso lento. El Puente nació poco después, en 1991. ¿Hay una relación de causa y efecto entre estas dos circunstancias?
Efectivamente. Puede que esa reforma sanitaria no se hiciera de la mejor forma posible, porque cuando se cerraron los manicomios el sistema de salud español no estaba preparado para atender a unas personas que hasta esa fecha estaban recluidas en un edificio. Además, tampoco se dio una preparación a los profesionales que tenía que empezar a realizar esa tarea. Hay que tener en cuenta que muchas de las personas que salieron de los manicomios no conocían ni a su familia. O solo a un miembro o dos que les iba a visitar una o dos veces al año. De pronto se encontraron en la calle, conviviendo con el resto de las personas y con las familias, que empezaron a enfrentarse a unos problemas terribles de falta de asistencia y comprensión. Las familias pensaron que tenían que hacer algo y se empezaron a organizar. Ahí nació nuestro movimiento. Era una forma de intentar resolver colectivamente los problemas individuales que tenía cada familia.