DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


La ejemplaridad ausente

23/09/2020

Ya que es difícil penalizar la incompetencia política, salvo en las urnas, lo mínimo exigible a sus señorías es que sean personas ejemplarizantes, tanto en el fondo como en las formas. Vamos, que entre esa imagen de irredento contable del vicepresidente catalán, Pere Aragonés, y la del vicepresidente del Gobierno de España Pablo Iglesias, a quien parece haberle prestado la chaqueta Pau Gasol, hay un término medio. Sobre esto no se han puesto a regular, ni falta que hace, pero ver a un vicepresidente de un país europeo a la remangué y tocado con moño llama cuanto menos la atención. Como intuyo que algunos dirán que es pura envida por mi ‘prominente melena’, mejor cambio de tercio. Pero antes no me dirán que para malas formas, la del reiterado insulto pronunciado en una tribuna pública. Incluso un reciente estudio concluye que existen más de 100 sinónimos para llamar tonto a alguien. Y hasta me lo creo.

Cierto es que todo esto entra en el conocido juego político, lo malo es que en las actuales circunstancias tiene menos sentido que poner al frente de las universidades al ministro Castells, que ya es decir. Así que entremos en el fondo. Porque nuestros representantes públicos tienen la obligación de serenar el legítimo debate partidista cuando por medio hay una crisis sanitaria sin precedentes que tiene al borde del colapso al propio sistema público de salud. Y la ejemplaridad exige una altura de miras, una generosidad humana y una vocación inequívoca de servicio público como antes era impensable. No se pueden dictar en algunas ciudades o áreas de salud normas de prohibición de aforos públicos y luego ver visitas políticas o encuentros superando con creces los límites impuestos. Hay otras ocasiones en las que parece que importan más las formas que el fondo, caso de la reunión del lunes entre la presidenta madrileña Ayuso y el presidente Sánchez, cuando lo que están haciendo es cumplir con sus respectivas obligaciones. Ni más ni menos. El problema sobreviene cuando las formas comunican más que el contenido. Y ahí, perdemos todos.



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