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Un loco 'thriller' y una indagación musical en la Seminci

D.V.
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'The girl and the spider' de los hermanos Zürcher y 'Vengeance is mine, all others pay cash' cierran la competición, mientras que 'El rey de todo el mundo' de Saura se sumó fuera de concurso

Los actores Eulalia Ramón y e Isaac Hernández, durante la presentación de la película de la Sección Oficial ‘El rey de todo el mundo’ - Foto: Rubén Cacho ICAL

La competición oficial por los principales premios de la 66 Semana Internacional de Cine de Valladolid se cerró en la mañana de hoy con el estreno en España de 'Vengeance is mine, all others pay cash', un disparatado thriller del cineasta indonesio Edwin donde el amor y la libertad pugnan a puñetazo limpio por abrirse camino en un clima hostil, y de 'The girl and the spider', de los hermanos gemelos alemanes Ramon y Silvan Zürcher, que componen en su película una disonante pieza de cámara sobre la separación y la soledad. Además, la jornada incluyó el estreno europeo fuera de concurso de 'El rey de todo el mundo', el nuevo musical de Carlos Saura, donde el aragonés indaga en los procesos creativos.

Amor y venganza

'Vengeance is mine, all others pay cash' se alzó con el Leopardo de Oro en la última edición del Festival de Locarno, se adscribe a la serie B y rebosa exceso por sus cuatro costados. Ambientada en Bojongsoang, en pleno corazón de Indonesia, en 1989, cuenta la historia de Ajo Kawir, un hombre que no teme a nada ni a nadie, ni siquiera a la muerte. Se ha hecho adicto a las peleas más salvajes para intentar contrarrestar a través de los golpes físicos la impotencia que sufre desde que niño vivió una experiencia traumática a manos de unos militares. Cuando en su camino se cruza Iteung, la guardaespaldas de uno de los hombres a los que Ajo debe liquidar, la paliza que recibe a manos de la chica hará que se prende de ella hasta los huesos. 

No son desencaminadas las comparaciones con una película icónica de los 90 como 'Amor a quemarropa', escrita por otro referente para Edwin como Quentin Tarantino, donde Clarence y Alabama (Christian Slater y Patricia Arquette) se intentaban sobreponer a infinitas dificultades y subtramas mafiosas con la ardua esperanza de vislumbrar y allanar su camino hacia el amor.

Conectado a través de internet con Valladolid, el director explicó que su film se ambienta en un momento cuando el régimen del presidente Suharto estaba en plenitud. "La violencia estaba normalizada en la sociedad indonesia y permeaba la vida cotidiana de la gente. El Gobierno era una bestia militar y todo funcionaba bajo su control, y eso se refleja en la película. Claro que había personas que vivían historias de amor pese a las dificultades de ese periodo, pero lograr que triunfe el amor en medio de un ambiente de tanta brutalidad puede ser un desafío", señaló.

En declaraciones recogidas por Ical, Edwin explicó que es posible interpretar la impotencia sexual de su protagonista como "una alegoría de la impotencia del amor y de lo hermoso frente a un contexto de violencia y de machismo, donde todo lo bello y lo humano hay que exterminarlo". 

Disonante pieza de cámara

La maraña de las relaciones humanas, su imprevisibilidad, su volatilidad, la pasión y la melancolía que las envuelven son el corazón de 'The Girl and the Spider'. La película explora al modo de una disonante pieza de cámara y con cuestionable fortuna cuestiones trascendentales como la separación, la soledad, el miedo, el deseo o la amistad.

El relato parte de una premisa muy básica, la mudanza de Lisa, una joven que deja el apartamento que durante años ha compartido con Mara. Los lazos que día a día se han forjado entre ellas se deshilachan ante la decisión, que la primera afronta como una oportunidad y la segunda es incapaz de procesar. Con una narrativa muy estilizada, los cineastas construyen y deconstruyen el frágil microcosmos que entre las dos se había creado, como si fuera una delicada telaraña mecida por el viento de la propia vida, y abren la puerta a la esperanza en clave tragicómica a través del simpar desfile de secundarios enamoradizos que deambulan por el escenario como si de un vodevil se tratara. 

La productora Aline Schmid se desplazó hasta Valladolid para presentar el film, y explicó que conoció a los gemelos Zürcher cuando estrenaron su primera película en Berlín, y quedó prendada de su "estilo único". "Hubo una conexión entre nosotros, y este viaje nos ha llevado cinco o seis años, así que ha sido un proceso largo hasta que hemos podido estrenar la película", apuntó. 

Por su parte, los dos cineastas se conectaron de forma online con Valladolid desde Berlín, y en su encuentro con los medios Silvan apuntó que el proceso de escritura les llevó "bastante tiempo", y que fue más complejo aún posteriormente encontrar la financiación precisa para levantar el proyecto. "Al principio intentamos hacer la película en Alemania y luego en Austria pero no fue posible, y al final salió adelante en Suiza", apuntó. 

Desgranando el proceso creativo, Silvan confirmó que "el guion estaba bastante cerrado y predeterminado de antemano", de forma que los actores tuvieron "muy poca libertad". "No hay movimientos de cámara en la película, que permanece estática, así que los actores tenían que estar muy pendientes de sus marcas en todo momento. Teníamos todas las imágenes e incluso las miradas en mente antes de comenzar a rodar, la improvisación solo se la dejamos a los animales que aparecen", subrayó antes de comentar que cuando arrancó el rodaje "todo era muy técnico", si bien "tras las primeras tomas comenzaron a surgir las emociones".

Luz, color y baile

Por su parte, 'El rey de todo el mundo' esta impregnada de inicio a fin por la luz de Vittorio Storaro (en su séptima colaboración con Saura) y por los sonidos mexicanos que marcaron la infancia del cineasta, que no dejan de sonar en todo el metraje, con corridos, rancheras, boleros, danzones e incluso algún género nuevo creado ex profeso para la ocasión.

En ese envoltorio audiovisual es donde el director de 'La caza' inserta la trama, que no es más que un pretexto para traer a la actualidad la música y el baile tradicional mexicano con una apuesta estrictamente visual y sensorial. La excusa narrativa que sirve a los dos maestros para recrear el escenario que ansían es una doble historia de amor: por un lado la relación rota entre un director de escena y una coreógrafa, y por otro el clásico triángulo amoroso entre una aspirante a bailarina y dos compañeros antagónicos.

Apoyado en el metalenguaje, 'El rey de todo el mundo' es un musical sobre el complejo proceso creativo que atraviesa un director para intentar poner en pie un espectáculo musical, desde la idea inicial hasta los angustiosos momentos de selección del casting, los ensayos o las tensiones que surgen entre todo el equipo. Como aderezo por si faltara algo, se incluyen subtramas de familias rotas, rencores soterrados y violentos gánsters, con los que intenta traer a primer término el pasado de "violencia y muerte" que marca las relaciones entre México y España.

El equipo de la película defendió en Valladolid el estreno del film, con Saura y Storaro a la cabeza. El director explicó que llevaba años deseando rodar una película sobre la música mexicana, en la que comenzó a profundizar tras rodar allí en 1982 'Antonieta'. "Eusebio Pacha me ofreció hacer una película allí, acepté enseguida y me puse a escribir el guion. Como siempre, ha sido una experiencia nueva, diferente y magnífica. Una aventura hacia lo desconocido. Yo improviso muchísimo y muchas de las cosas que aparecen se han improvisado sobre la marcha, en este proyecto donde he contado con fantásticos bailarines contemporáneos como Isaac Hernández o Greta Elizondo, que han hecho un enorme esfuerzo por aproximarse a los bailes tradicionales mexicanos", relató.

Por su parte, un locuaz Storaro (que mañana recogerá la Espiga de Honor en la gala de clausura del festival) resumió su brillante trayectoria (tres premios Oscar le avalan por obras maestras como 'Apocalypse Now', 'Rojos' y 'El último emperador') en cuatro etapas: "Al principio, con Bertolucci, entender la luz; luego con Coppola la necesidad de dar emoción y color; después moldear la vida trabajando con Warren Beaty; y por último el estímulo vital de la mano del maestro Saura. Cuando le conocí me abrió un mundo completamente diferente de cuanto había hecho antes en el trabajo de las artes creativas".

"Todo fue nuevo con él. No me relataba las películas, sino que me mostraba una serie de dibujos y después la historia se iba narrando por si sola, manifestándose en el ritmo, la música y los bailes, que se revelan y reflejan a través de la cámara de Saura en un trabajo continuo, integrador", apuntó.