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Cine

Liv Ullmann vuelve a Strindberg con una delicada, profunda y rabiosa adaptación de "La señorita Julia"

Ical - lunes, 20 de octubre de 2014
Fotograma de la película de la Sección Oficial ‘Miss Julie’, de Liv Ullmann. - Foto: Ical
La musa de Bergman, protagonista de un ciclo en Valladolid en 1998, imprime elegancia a una historia universal de lucha de clases y guerra de sexos con Jessica Chastain

Eterno. Así es el texto que el dramaturgo sueco August Strindberg escribió en 1888, para poner sobre las tablas un triángulo amoroso diseñado para sacar a relucir la miseria humana, centrándose en la lucha de clases, la perversión de los sentimientos, el amor, el dolor, el odio y la rabia, analizando a modo de un sabio entomólogo las relaciones humanas y la inevitable guerra de sexos. Con ese punto de partida Liv Ullmann, quien fuera musa de Bergman, ha dado forma a su última película, que hoy se sumó a la programación de la Sección Oficial del certamen cosechando sonoros aplausos.

‘La señorita Julia’ es un drama de época, sobrio, elegante y vibrante, que se levanta a partir de un texto magistral y de una interpretación sobresaliente de su trío protagonista. Jessica Chastain está espléndida en el rol principal, de una mujer de clase alta, vencida por la vida, que ve como sus sueños se evaporan y la ansiada felicidad que le prometieron cuando era niña nunca cristaliza. A su alrededor emergen John (Colin Farrell, quizá el menos convincente de los tres), un lacayo con aspiraciones, y Kathleen (Samantha Morton) , la cocinera y amante de John, que es el único personaje con algo de cordura y consciencia de la realidad que le ha tocado vivir.

Como en una partida de ajedrez, la aburrida señora de la casa, en ausencia de su padre el barón, manipula a sus sirvientes como si de marionetas sin sentimientos se tratara, dominándoles a su antojo y utilizándoles de un modo cruel e inmisericorde. A la luz, durante una larga noche de San Juan de 1890, irán saliendo rencores, sueños de infancia aplastados y ambiciones, mientras el juego de seducción al que empuja a John avanza irrefrenable.

Uno de los muchos grandes aciertos de Ullmann en la película es la utilización como leitmotiv central musical de toda la película la ‘Danza alemana n° 1 en C mayor’, el mismo tema musical que coronaba las andanzas y desventuras de Barry Lyndon en la inmortal película de Kubrick. Como aquél, John es un miserable con aspiraciones que sueña con alcanzar la lejana primera rama del árbol de las clases sociales, para, a partir de ella, subir y subir sin detenerse y sin mirar atrás, aunque para ello tenga que pisar y romper cuando aparezca a su paso.

Sólo somos espuma

“Sólo somos espuma, que flota y se hunde”, suspira la señorita Julia en plena contienda. Así ha sido ella desde que, siendo una niña, como muestra el prólogo de la película, se quedó huérfana de madre y desvalida en un mundo de hombres.  Las carencias y el odio visceral de John, su antítesis, también emergen en el violento cruce de reproches y sueños incumplidos: él vio morir de hambre, con sólo ocho años, a su hermano pequeño en la cama que compartían.

La locura y la irracionalidad del amor emergen de forma natural en un filme donde el espectador olvida de inmediato el origen teatral del texto, para centrarse en el intercambio de golpes bajos que se propinan los protagonistas. En las notas de producción de la película, Ulmann, que no se desplazó esta vez hasta orillas del Pisuerga, confiesa que siempre ha sentido que la obra de Strindberg forma parte de ella misma. “Cuando era más joven, siempre esperé la oportunidad de interpretarla en los escenarios, pero esta esperanza nunca se materializó. Los productores se pusieron en contacto conmigo para preguntarme si me interesaba realizar una película sobre el tema de la mujer fatal, un proyecto que también proponían a un director francés y a otro español. Pensé inmediatamente en esta obra, y la idea les pareció maravillosa”.

“Lo pasé bien nada más empezar a trabajar en la adaptación, no solo por lo que Strindberg había escrito, sino por razones que me importaban personalmente, como mostrarse o permanecer invisible, dar una imagen que no corresponde exactamente con la realidad, que nos amen por nosotros mismos y no por lo que ven en nosotros, la relación entre los sexos, las crisis”, relata.

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