El Día de Valladolid
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CORCOS DEL VALLE

El barco de la mesa

Ernesto Escapa - viernes, 31 de mayo de 2013

Un barco en Torozos es la hendidura de los valles que se forman en los bordes del páramo. Corcos del Valle reparte sus atractivos entre su asentamiento en una hendidura del páramo y la vega del Pisuerga, donde se sitúan la finca de Aguilarejo y el monasterio cisterciense de Palazuelos. La iglesia de Corcos está dedicada a Nuestra Señora es de principios del diecisiete y en ella sobresalen un crucifijo gótico y el retablo manierista con pinturas de Gregorio Martínez que adornan la capilla del Cristo del Amparo.

LA ENCRUCIJADA DEL VALLE. Corcos tiene una etimología voluble, que deriva de quercus (encina) o de conforcos, que según Menéndez Pidal significa encrucijada. La verdad es que las dos convienen a su emplazamiento y entorno forestal. Desde Corcos, tomando el antiguo camino de los Alcores, se llega a la finca de la Barranca, cuyo caserío se encuentra a 3 km del pueblo. Es el punto de partida para descubrir el Barco de la Mesa, que es uno de los enclaves más recónditos y desconocidos de la provincia. Su trazado discurre abrigado en la cabecera por un bosque de encinas y quejigos que se va abriendo conforme el valle se derrama hacia las terrazas del Pisuerga.
Desde Corcos, el camino agrícola discurre entre campos de cereal que verdean las lomas coronadas por el verde más oscuro de los encinares. A un kilómetro del pueblo, un chalet a la izquierda del camino y una nave verde a la derecha marcan la subida al páramo. Los dos kilómetros siguientes discurren con el monte cercano a la izquierda y con algunas encinas aisladas de buen porte sombreando a trechos el camino. El resto es terreno descuajado. El caserío de la Barranca se anuncia con una serie de almendros a la derecha, junto a antiguas construcciones auxiliares vencidas por el tiempo, y unos silos a la izquierda del camino. El nombre de la finca alude sin duda al valle que rápidamente taja el arroyo en la pendiente del páramo. La Barranca ocupa el cruce de los antiguos caminos de Ampudia y Villalba.

EL REFUGIO DE LOS PÁJAROS. El barco de la Mesa se inicia entre los silos y un roble de porte notable que hay junto a una caseta de ladrillos. En realidad, la hendidura viene de la derecha, pero la senda no engaña respecto a la dirección correcta. En el primer tramo el camino discurre por un lecho verde, apretado entre la vegetación de encinas y quejigos. La pendiente forestal que cae del páramo al fondo del barco se ve limpia, entresacada y sin maleza. Enseguida el valle se abre y un chopo solitario marca la primera fuente con su fluir poderoso, como en cascada. El camino pasa después junto a un cigüeñal moderno con aspecto inestable, que capta el agua de otro manantial generoso. Al kilómetro de paseo por el barco un transformador señala la primera encrucijada de la ruta. Tomando el camino de la derecha se sube al estanque artificial de la Mesa, que se surte con el agua captada en el barco. En este punto se abre un paisaje en el que conviven la cebada y el trigo, los almendros y quejigos, la remolacha y el bosque de encinas. Otras especies, como el torvisco, la jara, la salvia y el tomillo, contribuyen al esplendor cromático en los días de primavera.
A lo largo del paseo, que desciende de nuevo al fondo del valle y prosigue aguas abajo, sobrevuelan rapaces diversas, mientras alimentan la melodía del valle los carboneros, los pitos reales y las currucas. A partir del transformador, el valle se ensancha. Un kilómetro adelante, cuando ya se atisban a la derecha, sobre el borde del páramo, las construcciones de la Mesa, una senda a la izquierda trepa 50 metros entre el monte de Corcos y el Montecillo para asomar sobre el pueblo. No tiene pérdida. Abajo aparece el valle de Corcos, con la cuesta de las bodegas tras la silueta del pueblo. El descenso siguiendo el camino del Rasillo invita a degustar los matices del paisaje desde el bosquete de encinas o asomados a las hileras de almendros.

EL SOTO DE AGUILAREJO.
LLa orilla monástica del Pisuerga agrupa en Corcos de Aguilarejo la granja de Palazuelos el Viejo, con su llamativo neocastillo, la iglesia del monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos y, en sus alrededores peatonales, las sirgas del Canal de Castilla con el conjunto de la esclusa 40 y los vestigios de un jardín romántico. Ningún otro pastiche provincial resulta tan relamido y peripuesto como este palacio santanderino de Aguilarejo fabricado con piedras del castillo de Trigueros. El ensueño de construirse casas fuertes y palacios de cuento en las granjas desamortizadas alcanza aquí su cenit. La granja de Aguilarejo se distingue por la silueta inconfundible de su casa fuerte, que trasplanta a la Meseta el modelo torreado de palacio montañés. Es una construcción de los años veinte que tiene adosada una capilla neorrománica y haciendo corro, en torno al pedestal del Corazón de Jesús, las casas de los aparceros. En la plazuela de la granja un monolito de tiempos de la guerra civil recuerda que aquel era el aeródromo usado por el general Mola en sus visitas a Valladolid, cuando todavía no existían las pistas de Villanubla. El paseo hasta los Cortados, que se desnudan al otro lado del río, discurre por un camino tranquilo y fácilmente transitable. Partiendo de la granja, la senda se interna en un tramo arbolado con evidentes muestras de haber sido jardín de recreo en los buenos tiempos de la finca. A la entrada, ya vencida por el abandono, permanece una lápida de mármol con los versos inolvidables de San Juan de la Cruz.

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