El Día de Valladolid
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18 de noviembre de 2018
RUTA DEL FIN DE SEMANA

El pueblo de las ranas

Ernesto Escapa - viernes, 19 de febrero de 2016
Renedo de Esgueva

Los negocios de la neutralidad trajeron hasta Renedo a los Power en los felices veinte, con los réditos de la Primera Guerra Mundial. Los lujos y adelantos de su palacio deslumbraron a la sociedad vallisoletana, todavía sujeta en sus dispendios a la cautela rural de las cosechas. A pesar de su cercanía a la capital, el valle del Esgueva sólo recientemente ha conseguido sacudirse el sambenito de una mala fama que arranca del Siglo de Oro. Cuando Felipe III y el duque de Lerma devolvieron por un lustro la capitalidad de España a Valladolid, a comienzos del siglo diecisiete, el Esgueva repartía su entrada en la ciudad por varios ramales, que a las primeras lluvias se desbordaban, encharcando calles e inundando las bodegas de las casas. Contrariados por la mudanza de la Corte, poetas como Góngora o Quevedo volcaron su malhumor sobre la guarrería de aquellas ‘esguevas’ urbanas.  

 

Con aquel recuerdo impreso en la memoria de la gente, tampoco animaba a los excursionistas el nombre del primer pueblo del valle. El actual Renedo apenas disimula su denominación anterior de Ranedo o lugar de ranas, que era en lo que se convertía la fértil artesa del Esgueva cada vez que sus aguas se desmandaban. A lo largo del diecinueve, que fue un siglo empedrado con iniciativas de futuro, las gentes del valle alentaron el proyecto de encauzar el río, reparar sus puentes y acentuar la vigilancia de los caminos.  


Entre la carretera del valle y Renedo, junto al Esgueva, se encuentra el recinto de los prodigios que fue y sigue siendo la finca de los Power, convertida por la Diputación en un parque de ocio con el nombre de Valle de los Seis Sentidos. Los Power eran industriales vizcaínos de origen irlandés que hicieron su fortuna con las navieras, los hierros y el yute. El recinto de Renedo se inauguró el 27 de noviembre de 1920 con el nombre de Las Mercedes, en homenaje a la señora de José Power, con una fiesta de arte a la que acudió el todo Valladolid, encabezado por el arzobispo Gandásegui, que bendijo aquellos lujos.  
José Power era entonces alcalde de Renedo, como su hermano Ricardo lo había sido de Bilbao, además de parlamentario en Madrid. El viento a favor de la Gran Guerra había disparado la cotización de sus empresas y no reparaban en gastos. Para entrar a su finca, trasladaron desde Renedo de Piélagos, en Santander, una portalada nobiliaria, que es la que sigue dando paso al Valle de los Seis Sentidos. Por el puro afán de hermanar sus negocios en ambas localidades del mismo nombre. La casa de campo fue obra del arquitecto Manuel María Smith Ibarra, quien desde Neguri prodigó este tipo de residencias por toda la geografía española, pero atendiendo siempre en su diseño a los acordes de la arquitectura vernácula.  

El palacio intentó aunar aspectos populares y cultos en una construcción monumental de filiación regionalista. La obra se hizo sin reparar en gastos, combinando el sillarejo con el ladrillo, sobre todo en el trasdós de puertas y ventanas y en las cornisas, donde alterna con la teja. A ello hay que añadir la madera de las solanas y la rejería de ventanas y balcones. Cossío, en sus memorias, se recrea describiendo su interior: el patio castellano cubierto por una vidriera; los muebles, tapices, alfombras y lienzos que decoraban los salones; y, sobre todo, «un órgano monumental e invisible, que por una conducción especial del sonido podía escucharse a voluntad desde cualquier habitación de la casa». Para llevar a la gente a sus fiestas, los Power compraron un autocar que salía cada tarde a las cuatro de la plaza Mayor de Valladolid.


Al final todo se lo llevó la trampa: las acciones del Bilbao, las empresas navieras y metalúrgicas, las posesiones dispersas por todo el norte. Durante la guerra, el palacio fue hospital de los soldados italianos y sufrió graves deterioros, de los que nunca se repuso. Luego fue parque móvil militar. Actualmente, aquel escenario romántico alberga los juegos infantiles del Valle de los Seis Sentidos. Además de este postín de los felices veinte, la villa de Renedo albergó encuentros históricos, como el que mantuvieron en 1506 Fernando el Católico y su yerno Felipe el Hermoso, para tratar de apaciguar sus discordias. También fue solar de gente dadivosa, como el obispo franciscano que patrocinó la construcción de su magnífica iglesia barroca.  

El templo está dedicado a la Purísima Concepción y es obra del arquitecto  Manuel Serrano, rematada en 1738. Acaso ese patronazgo evitó el susto de un hundimiento como el que le sobrevino a Serrano durante las obras de la Asunción de Rueda, donde fue acusado de andar pasado de vino. Y es que tampoco faltaban entonces viñedos en Renedo, como testimonian las bodegas horadadas en el cotarro del castillo, una motilla que se esconde detrás de la iglesia. Incluso, en aquel tiempo y hasta no hace tanto, contó Renedo con una ermita dedicada a la Virgen del Racimo. En su solar se hizo una plaza, que es la que recibe al viajero a la entrada del pueblo. Aunque lo desdiga su descuido exterior, esta iglesia es uno de los mejores templos barrocos de la provincia. Al construir el nuevo templo, la parroquia de Renedo hizo almoneda de los viejos retablos, entre los que se encontraba el magnífico de Amusquillo, vendido en 1751. El templo tiene una portada de piedra y poderosas torres de ladrillo. El interior aparece dominado por la curva, con arcos de herradura y otros trebolados. Un incendio arrasó el 16 de agosto de 1891 los nuevos retablos y malogró la decoración de las bóvedas.


Algún rincón de Renedo, como la calleja de San Pedro, revela vestigios de indudable encanto. Aguas abajo del Esgueva, se encuentra la antigua finca del monasterio de San Benito. Casasola combinaba la explotación agrícola con el solaz de los monjes, que preferían quedarse en el valle después del trabajo a volver cada tarde al convento de Valladolid. El edificio histórico corresponde a fines del diecisiete y alberga un patio central porticado con arcos de medio punto. El muro exterior es de ladrillo, recorrido por una imposta de piedra que separa las dos plantas. En la baja, estaban la cocina, la panadería y las caballerizas. Arriba, las celdas y un oratorio con coro.

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