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La fiebre de los tatuajes

M.R.I.-M.B - miércoles, 7 de noviembre de 2018
Los estudios de tatuajes proliferan en Valladolid y se hacen más visibles en el centro de la capital. Este arte ha dejado de ser una opción transgresora para un determinado sector de población y se ha normalizado como recurso estético

Una costumbre milenaria, asumida por todas las culturas del planeta, vuelve a estar plenamente vigente y libre de etiquetas transgresoras o marginales. La fiebre de los tatuajes es una realidad en Valladolid, donde en los últimos años se han multiplicado los estudios especializados en el arte de pintar la piel. Estos centros son, además, más visibles y optan por salir del ostracismo en el que estuvieron recluidos durante algunas décadas. Un simple paseo por el casco histórico basta para encontrar más de una decena de establecimientos, aunque los barrios tampoco son ajenos a esta moda.
«Hay más tendencia a tatuarse», explica Castro, uno de los responsable de Santo Pecado, ubicado en la calle López Gómez. Este negocio abrió hace cuatro año y es uno de los estudios locales que trabajan a destajo para poder atender a la enorme demanda que se ha creado. «Esta de moda por los famosos (futbolistas, actores, cantantes...), que están marcando tendencia y por eso ahora también seduce mucho la idea de tatuarse imágenes más grandes», detalla. Además, está el efecto multiplicador de las redes sociales, donde los cuerpos tatuados se cotizan al alza.
Este incremento significativo de nuevos clientes, de todas las edades, clases sociales y condición, confirma que gran parte de la sociedad ha pasado página y ha dejado sin validez el canon establecido anteriormente de que era una moda de carcelarios, como reiteran varios tatuadores locales. Una evolución que hace que ahora los tatuajes se conciban como una forma de arte, pero que a lo largo de la historia han tenido diferentes significados ya sean religiosos, de jerarquía o simplemente como ornamento corporal de determinados grupos o clanes.
Un cambio que se visualiza en Santo Pecado, donde comentan que tienen una clienta que con 71 años, que comenzó a hacerse tatuajes hace unos meses «y ya va por el quinto». Aunque no es la única mujer adulta que se atreve a dibujarse la piel. Así, en el perfil de Instagram del estudio Fixuno In Tatoo, ubicado en la calle Angustias, aparece la foto de la abuela del tatuador luciendo en uno de sus brazos unas orquídeas recién tatuadas.
«Hay un amplio margen de gente, aunque el público general es joven y de mediana edad», detalla uno de los tatuadores. Y en este punto, la mayoría de los profesionales son muy estrictos porque, aunque en España la edad legal para tatuarse es de 16 años, ellos suelen optar por trabajar con clientes con más de 17 años «porque la piel no está formada del todo y se puede deformar el tatuaje».
para toda la vida. Aunque realmente la condición imprescindible para realizarse un tatuaje es tener claro que el dibujo por el que se opta «gusta ahora, pero también dentro de 10 años y el resto de tu vida», explican. Una situación que se trata de evitar con una charla previa con el cliente para definir qué es exactamente lo que busca. Incluso comentan que es bastante habitual el caso de personas que van a hacerse un tatuaje pero no saben qué dibujo quieren. Por contra, otros llevan una imagen concreta y los artistas suelen personalizarla: «No nos gusta copiar, solo tomamos referencias».
Y es que los tatuadores son artistas de la tinta, apasionados del dibujo, que además deben de estar en poder del título oficial de higiénico-sanitario, que se obtiene tras realizar un curso. Este título implica que el profesional tiene conocimientos de tatuaje, micropigmentación y piercing, así como de los requisitos higiénicos y sanitarios que se han de cumplir en los establecimientos, que además deben contar con la consiguiente licencia municipal.
Pero como todo oficio artístico el mundo del tatuaje es muy variado. «Es difícil reconocer a un tatuador por un estilo propio, pero cada uno se especializa en un campo concreto», apunta Castro. En Santo Pecado se ofrece cualquier tipo de tatuajes, pero al propietario, Juan Unzurrunzaga, le gusta el color New School, mientras su socio se decanta por el gris y el negro, además de por el realismo.
¿Qué es tendencia ahora mismo? Los tatuadores detallan que había mucha petición de infinitos, que ellos consideran que ya están sobrexplotados, y ahora la gente se decantan por la tatuajes maoríes. ¿Y cómo saben que el dibujo se adapta a la piel del cliente? En esto tienen ventaja porque las nuevas tecnologías permiten hacer el dibujo sobre la foto del cliente y comparar su efecto. 
Una vez que el dibujo recibe el visto bueno comienza el trabajo del artista. Una tatuaje estándar puede necesitar de media hora o una hora y el precio mínimo suele ser de unos 50 euros. Si el dibujo es más grande se pueden reservar sesiones de un día entero y los precios están desde los 300 hasta el caché que fije el artista. En los casos de trabajos largos se suele pedir al cliente que acuda con un acompañante, además de acudir bien descansado y alimentado. Eso sí, tranquilizan a los neófitos y apuntan que tatuarse duele menos de lo que la gente se piensa.Otro consejo básico es que el cuidado de la piel es básico para mantener el dibujo en condiciones: «Si el dibujo está bien hecho no necesita repasos, salvo que no se haya cuidado».
Unzurrunzaga está especializado en tapar los tatuajes de aquellos que deciden quitárselos o cambiarlos por otro dibujo. Antiguamente esto solo era posible mediante una operación quirúrgica, pero en la actualidad ya se pueden eliminar mediante un procedimiento láser, aunque su precio es elevado: «Estamos trabajando con una empresa de láser para poder ofrecerlo ya».

De ‘vive rápido’ a ‘Trust no one’
Jesús, más conocido como Dope, se hizo el primero a los 16 años: «Era una frase en la cadera, ‘vive rápido’». Hoy, una década más tarde, no lleva la cuenta de los que tiene. «Eso no se pregunta», apunta su tatuador, Sergio, de Time 4 Line. Cristina casi ni recuerda el primero: «Mmm, una mariposa en el tobillo». Tenía 17 años. Hace 5 empezó a ampliar el número, en brazos, piernas, nuca...
Dope y Cristina se puede decir que son dos entusiastas de los tatuajes. Les gustan. Les gusta tenerles, verlos y que se los vean.
«La gran mayoría de los que tengo son recordatorios de momentos importantes de mi vida, o bien a través de mensajes o bien de dibujos», señala Dope que, por poner un ejemplo, lleva el nombre de su hermana y el de sus perros impregnados en su piel. «Me gustan, me gustan estéticamente a mí», añade Cristina.
Jesús además de llevar el cuerpo tatuado es tatuador y eso le da un plus. «Aunque me hice el primero con 16 años, fue en una etapa de mi vida en la que viví en Londres en la que comencé a hacerme más. Allí me cambió la mentalidad», aclara. Y desde entonces no ha dejado de dibujar su piel con tinta. Asegura que tiene en todo el cuerpo y que no va a dejar de tatuarse hasta que no le quede ni una sola parte.
«¿El que más me gusta? Un demonio, la mano de un demonio y el que llevo en la frente», responde ante la típica pregunta. La mirada se va a esa frente. Es verdad que tiene tatuajes en el lateral de la cabeza, pero «en cuanto me crece el pelo ya no se ven». El de la frente se mantiene, ‘Trust no one’ -no confíes en nadie en inglés-: «Es una frase muy representativa de mí, de cómo eres; más por el significado que por la zona».
Dope ya ha pasado el trago familiar, el momento en el que sus padres no entendían su pasión: «No les gusta pero ya se han acostumbrado». Más problemas ha tenido en su vida cotidiana. Ha tenido porque el tatuaje está cada vez más normalizado: «En otras ciudades pasaría desapercibido. Aquí la gente se suele quedar mirando y he tenido algún problema a la hora de buscar un trabajo fuera de este mundo o incluso cuando iba a clase y tenía que hacer prácticas, que me ponían pegas. También la Policía me solía parar nada más salir de casa... aunque también iba con tres crestas de colores». 
«¿El próximo? O acabar uno que tengo en la espalda o el trozo de cabeza que me falta», concreta.
A Cristina le apeteció hacerse esa mariposa con 17 años como primero y le sigue apeteciendo hacerse más, ahora con 33. «Los grandes empecé a hacérmelos hace cinco años, desde que Sergio abrió este estudio», habla señalando a su tatuador. 
Sus gustos son los conocidos como Old School, el tatuaje tradicional, y el que más le gusta... «una gitana en el antebrazo, creo que es de los años 20». Quiere desmitificar historias y quitar miedos: «El dolor es un umbral que depende de cada persona. En mi caso aguanto bien». Y eso que algunos de los dibujos se tardan en rematar 5 horas.
De momento tiene claro que en la cara no quiere hacerse y en el cuello... «tampoco por ahora». Y el próximo ya tiene fecha, sitio y significado: «En noviembre me haré un tatuaje en el muslo izquierdo relacionado con mis abuelos». Dentro de su círculo más cercano es habitual la gente tatuada y sus padres, aunque de primeras les chocó, ya se han habituado a ver los brazos o las piernas de su hija con dibujos hechos a tinta.
 

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