No cabe duda. El Campo Grande fue para Miguel Delibes un refugio de paz y tranquilidad por el que pasear mientras la inspiración golpeaba a su cabeza. Algo que hizo hasta que su delicado estado de salud le recluyó en casa y que comenzó desde su nacimiento, en el número 12 de la Acera de Recoletos. De hecho, en numerosas ocasiones afirmó que sus primeras vivencias fueron en este pulmón verde de la ciudad. «Yo veía y sentía el Campo Grande desde que tenía unos meses y me sacaban al balcón. Después, a la hora del paseo, no había más que cruzar la calzada y ya estaba en el parque», comentaba al escritor Javier Goñi en su libro Cinco horas con Miguel Delibes. Varios de los momentos más dulces que el ilustre vallisoletano vivió en el Campo Grande fueron en compañía de su mujer, Ángeles de Castro. En sus idílicos rincones cortejó el escritor a la que finalmente se convirtió en su mujer, madre de sus siete hijos y fiel compañera.
Un banco de amor. De hecho, fue en un banco de esta emblemática zona ajardinada, junto a la pajarera, donde los jóvenes enamorados, él con 19 años y ella con 16, se hicieron novios formalmente, como cuenta Ramón García en el libro El Campo Grande, un espacio para todos. «Fue el nuestro un noviazgo de prueba, pues en los primeros tiempos no disponíamos de una peseta y nos pasábamos la vida en un banco del Campo Grande mirándonos a los ojos, hermosa actividad hoy incomprendida», le comentó Delibes a Ramón García en uno de esos encuentros en los que ambos quedaban en el quiosco de los helados de Zorrilla y caminaban durante horas por los frondosos caminos que Miguel Íscar transformó en jardín romántico. «También hemos bromeado y reído no poco en nuestras chácharas itinerantes por los entresijos del Campo Grande. Sin cuidado ni prevención alguna. Tal vez fue eso lo que le llevó a exclamar a Miguel un día, saliéndole de muy adentro: Yo creo que hay pocos lugares en el mundo tan apacibles y gustosos como este parque nuestro», recoge Ramón García en el último capítulo del libro.