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Naturaleza

El refugio de Eloísa

Helena Madico - viernes, 20 de marzo de 2009
Valladolid se rinde ante lo efímero de la belleza en el Paseo de los Almendros. La Naturaleza anuncia la llegada de la primavera.

A punto de expirar, la belleza de lo efímero (símbolo de la vertiginosa espiral del ciclo natural: vida y muerte) ha llamado hasta Parquesol a paseantes peregrinos, naturalistas urbanos y artistas con militancia ecológica. La silenciosa floración de los almendros que serpentean y zigzaguean en torno al mirador, el contundente anuncio de la llegada de la primavera, congrega cada temporada a los cientos de vallisoletanos que han crecido al abrigo de sus ramas. A quienes, como la Eloísa de Enrique Jardiel Poncela, juegan a disfrazar pensamientos bajo una dulzona lluvia de rosas y blancos.

Quizá a esta hora, el tímido verdor de las hojas recién brotadas robe ya protagonismo al espectáculo representado durante las últimas tres semanas por millones de diminutas flores hermafroditas. «Es una obra de arte que nos regala cada año la naturaleza», explica con una sonrisa de agradecimiento Pilar Martínez, mientras da los últimos retoques a una de las acuarelas que atestiguan su pasión por este paraje. ¿Su secreto? El que guardan para sí todos los vecinos de la ladera. «Por la noche es sobrecogedor. Entre el aroma y la iluminación artificial que los rodea, se crea un mundo de cuento», confiesa Martínez, quien cada febrero-marzo avisa al resto de los miembros de la Asociación de Acuarelistas de Castilla y León de que ha llegado el momento de desplegar caballetes y sombrillas frente a la majestuosidad de los ejemplares más antiguos. Y es que este colectivo señala en rojo en su calendario pictórico (alterna las sesiones al aire libre con las tardes de viernes en su sede de Barrio España) la época de floración no sólo de estos almendros (el frutal más tempranero), sino de otras poblaciones arbóreas cercanas como las de Zaratán y Renedo.

Un «paisaje único» por estar precisamente enclavado en un entorno urbano, apunta el también artista José María Arévalo, «sólo presente en otros dos o tres sitios» de esta desmemoriada España del siglo XXI. «Pintar estos árboles es una satisfacción parecida a la de pintar la nieve. Se hace con muchas reservas por los matices que llevan las sombras», aporta Arévalo tras una década plasmando en papel los cambios de luz. «Ninguna acuarela es igual que otra aunque la pintes en el mismo punto», desentraña. Algunas primaveras llegan más cargadas de violeta; otras, de azul o pálido rosa. «Cada uno plasma su sensibilidad, una u otra forma de verlos, en miles de pequeñas pinceladas», desentraña Martínez antes de abrir la caja de los truenos: la conservación y maltrato de aquellos que se yerguen desde hace décadas en un área hoy urbanizada. En la memoria de los primeros pobladores de Parquesol, como la poetisa Milagros Misiego, el campo que fue.

«La sensación que teníamos antes es de que esto estaba lejísimos. Se venía aquí casi como quien va al campo a merendar», relata Misiego desde su casa, a la que se mudara en 1989 y desde la que observa cómo crecen los nuevos ejemplares plantados por el Servicio Municipal de Parques y Jardines, cómo van muriendo tantos otros centenarios por obra y designio de la Madre Naturaleza (los menos, según la tesis sostenida por la Asociación de Vecinos Ciudad Parquesol), pasto de las enfermedades o por la implacable mano enemiga del hombre.

«Desde la ventana de mi cocina veo cómo los maltratan salvajemente, cómo les arrancan gratuitamente las ramas», se lamenta aquella que ya en 1990 hablara de este desgarro en la poesía que acompaña a este texto periodístico. El motivo de este reiterado ejercicio de vandalismo, la almendra. «Ahora se tiene la percepción de que antiguamente éramos más incultos, pero no es así. Porque se pasaba hambre y porque era gratis, los chavales venían a recoger almendras en la época de recolección y lo hacían mucho mejor y con más respeto que ahora», aclara, quien apunta como detalle curioso que entre esos vándalos hay más jubilados que jóvenes.

Escenas que se repiten cada temporada ante la atónita mirada de quienes como Pilar Martínez o Milagros Misiego se han visto obligadas a intervenir y «reprender» a impacientes y torpes recolectores (aunque la almendra está en su punto en septiembre u octubre, es ya arrancada de las ramas en julio). «Te llevas muchos berrinches cuando ves que no saben varear los árboles y que utilizan hasta piedras o ladrillos para hacer caer las almendras», denuncia la acuarelista.

La misma queja y preocupación transmitida por la asociación de vecinos del barrio. «Vienen con sacos y sacos y los varean a plena luz del día», añaden para pasar a señalar el demoledor efecto que ha tenido sobre esta colonia de almendros, símbolo mitológico del renacimiento, la vida urbana. «Están aquí desde finales del siglo XIX o principios del XX y empiezan a deteriorarse precisamente con la llegada de la civilización. Éste es un paraje emblemático de Valladolid que, a juzgar por cómo se está gestionando, no hay mucha voluntad de conservar», se lamentan desde la asociación creada en 1985, que ya en 1996 encargara al departamento de Producción Vegetal y Recursos Forestales de la UVa un estudio pormenorizado de su estado. En él, apuntan, ya se revelaba que «las sombras de los edificios y el riego automático» que empapa el césped cercano o las heridas abiertas por recolectores furtivos y "coleccionistas" de flores (vía de entrada de «contaminación, enfermedades...») estaban mermando la población. «Calculamos que se ha perdido el 50%», y señalan a los tocones del camino que prueban su relato, «pero no sólo de los más antiguos. Algunos de los recién plantados no han llegado a crecer», a pesar de las protecciones instaladas.

Reclamaciones que el Ayuntamiento matiza, descartando la posible «causa-efecto» entre la muerte de algunos ejemplares y el posible encharcamiento. «Es cierto que el almendro es un árbol de poco riego y el que se emplea para el césped queda absorbido por completo por éste, de ahí que en las praderas no suela haber árboles», explican fuentes municipales, que inciden en que «al ser antiguos, tiene un desarrollo de raíces más bien profundo, poco sensible al agua superficial». Así, en el caso de los ejemplares más perjudicados (y de no haber funcionado la poda de las ramas secas) la estrategia es la tala. «Reemplazarlos todos de golpe supondría un mayor impacto estético», prosiguen, sin olvidar señalar que tras su propensión a «sufrir enfermedades» está precisamente su avanzada edad.

Argumentos que, sin embargo, no pueden dejar a un lado el irrefutable hecho de que el entorno en el que han sido obligados a desarrollarse. Y así lo entiende la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono (ARBA), que ahonda en el innecesario «riesgo» al que se expone a este frutal de secano, originario del Cáucaso y presente en todo el Mediterráneo Occidental, al someterlo al «ajardinamiento, exceso de riego, pavimentado» y asfixia de raíces.

«En el Valladolid de hace sólo unas décadas, el almendro poblaba laderas y ocupaba lindes, dando rentabilidad a terrenos que de otra manera no lo tendrían», ilustran desde el colectivo, presente en algunas de las reforestaciones populares y reivindicativas como la realizada en Girón en octubre de 2007. «La concentración parcelaria y la mejora de las condiciones económicas» en el medio rural restó protagonismo al almendro, acabando con muchos ejemplares.

Estos individuos verdes (nota para los ajenos a la entomología, el almendro es planta nutricia de mariposas como el gran pavón nocturno o la podalirio, especies presentes en Valladolid) «crecieron sobre tierra casi desnuda, sin riegos ni sombras ni cuidados más especiales que quizá alguna poda ligera» que favoreciera la producción de fruto. El cambio «a un ambiente artificial» y de estatus como árbol ornamental se suma al «poco conocido y nefasto efecto de las obras». Y ARBA enumera: maquinaria y personal, apilamiento de material de construcción, compactación del terreno «haciéndole más impermeable y menos aireado» (esto debilita al árbol «forzándole a eliminar ramas para equilibrar»), riego de parterres... «No es un buen plan de vida», sentencia el colectivo.

A su juicio, aunque para algunos «ya sea tarde» y sin tener en cuenta la mano del vandalismo, el rescate tendría que llegar de la mano de la xerojardinería (corriente paisajística que huye de la tendencia a colocar césped hasta el último rincón). «En un clima semiárido, es absurdo y despilfarrador. La naturalidad de las zonas verdes es más valiosa que los criterios políticos, más fugaces que la propia floración de los almendros».

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