El Día de Valladolid
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jueves, 09 de febrero de 2012
Sociedad

Valladolid honra al hombre tranquilo

rubén arranz (efe) / valladoli - domingo, 14 de marzo de 2010

El último paseo. Un solemne silencio, roto por los aplausos, acompaña al cortejo de Miguel Delibes en su postrer recorrido por la ciudad donde nació

Un solemne y respetuoso silencio, únicamente roto por aplausos y gritos de «maestro», acompañó ayer al cortejo fúnebre de Miguel Delibes en Valladolid en su último paseo por el centro de la ciudad que le vio nacer, delante de sus paisanos que le arroparon hasta la entrada de la Catedral.

Pegaba de plano el sol del mediodía en la fachada del Ayuntamiento cuando salió por el portón el féretro del escritor, portado por nueve familiares y escoltado por miembros de la Policía Local, ataviados con traje de gala.

Sentados espontáneamente en las gradas de Semana Santa, situadas frente al Consistorio, congregados en fila rodeando el edificio, siguiendo a pie el cortejo o encaramados a los barrotes que bordean la catedral metropolitana, ciudadanos de todas las edades se concentraron para rendir un cálido homenaje al fallecido escritor.

Encabezado por dos vehículos funerarios, desbordados por una muestra representativa de las decenas de coronas de flores que llegaron en recuerdo al fallecido, el cortejo partió hacia el templo pasadas las 12,00 del mediodía, después de que algunos de sus familiares se reunieran y se dedicaran unas palabras de ánimo abrazados, haciendo una piña.

Señoras con el carrito de la compra, padres con sus hijos en brazos, curiosos con cámaras de vídeo y ciudadanos de a pie aplaudieron de forma incesante el paso del féretro hasta su salida de la Plaza Mayor, momento en el que una marea humana se ha trasladó por las calles aledañas hacia el templo.

Y es que el goteo de ciudadanos que quisieron dar el último adiós a Delibes fue incesante, hasta tal punto que, a medianoche de sábado, las puertas de la capilla ardiente se abrieron para que un aragonés, acompañado de su hija, que había llegado tarde, rindiera un homenaje póstumo al escritor, según relató el alcalde de Valladolid, Javier León de la Riva, una de las 26.000 personas que, desde el viernes, quisieron pasar por la capilla ardiente del escritor para decirle adiós.

A la llegada de la comitiva a la Catedral, riadas de gente discurrían por las escaleras y, de puntillas o preguntando al compañero de al lado, intentaban informarse de lo que sucedía en la puerta y de quiénes estaban presentes.

Ya en el interior del templo, los paisanos del autor castellano que consiguieron entrar al funeral se acomodaron por donde pudieron, bien sentados en sillas plegables alrededor de los bancos o siguiendo de pie el funeral.

Así fue cómo la ciudad de Valladolid se volcó para despedir a Miguel Delibes, uno de los más grandes nombres de la literatura española contemporánea, que falleció el viernes a los 89 años.

El silencio solemne de los vallisoletanos se vio interrumpido por aplausos al paso del ataúd. «Los últimos años, él tenía su ilusión más puesta en la otra vida que en ésta y seguro que le hubiera emocionado ver tanto afecto, tanto cariño, aun sabiendo que lo tenía», declaró su hijo Germán al culminar el acto fúnebre en la Basílica.

Delibes, humanista, gran aficionado a la caza y la pesca y autor de obras como Cinco horas con Mario o La sombra del ciprés es alargada, vivía retirado desde hacía años en su ciudad natal.

La familia del escritor estuvo arropada por una multitud de sus vecinos y también por personalidades, como la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega;la ministra de Cultura, Ángeles González Sinde, o Juan Vicente Herrera, presidente de la Junta de Castilla y León.

Pero también ciudadanos anónimos quisieron poner su grano de arena. «Aunque te vayas, sigue escribiendo», garabateado y firmado por una niña en un pequeño recuadro, es lo que rezaba uno de los mensajes en memoria de Delibes plasmados en los libros de condolencias de la capilla ardiente del escritor. Han sido homenajes escritos en huecos de seis centímetros, pero profundos en contenido y con constantes referencias a sus obras, a su bonhomía, a su afición a la caza o a la universalidad de sus contenidos.

«Con el cariño de un marfileño muy atento a tu aporte a la cultura universal» o «El mundo, Valladolid y mi preciado país Costa Rica lamentan de todo corazón tu partida», han sido algunas de estas muestras, escritas desde dentro por seres humanos de fuera y dedicadas a un autor que reflejó lo más concreto, lo más exclusivo del castellano y de su entorno.

Sus restos descansarán en el Panteón de los Hombres Ilustres de Valladolid, junto a los escritores José Zorrilla y Rosa Chacel y el bailarín Vicente Escudero. Para respetar el deseo del escritor de permanecer al lado de su esposa, Ángeles de Castro, los restos de su mujer -fallecida en 1974, a los 50 años-, serán trasladados al mismo panteón donde se depositarán las cenizas del Premio Cervantes.

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