La buena voluntad de los tres efectivos del Parque de Bomberos de la Diputación de Valladolid del puesto de Tordesillas no es suficiente. Los desastres acontecidos en Haití y Chile han causado demasiado daño, pero ellos son conscientes de la necesidad de aportar aunque sea «un grano de arena». Eugenio Blanco, Raúl Rodríguez y Ángel Barcenilla no dudaron ni un sólo momento cuando desde la Junta de Castilla y León les ofrecieron la oportunidad de realizar, esta vez en Chile, labores humanitarias después de haber estado en Haití.
Los acontecimientos transcurrieron en esta ocasión «con mayor lentitud». El mensaje desde el Centro de Coordinación les llegó a las cuatro de la mañana y a las once de la noche ya estaban en Madrid. Pero el avión no despegaba hasta las doce de la mañana del día siguiente. Se tuvieron que «buscar la vida» para pasar la noche.
Al día siguiente, el vuelo partió en dirección Lisboa y desde allí a Santiago de Chile. Una vez en el país, el trayecto aún no había acabado, sino que todavía tuvieron que hacer un viaje de 500 kilómetros por carretera hasta Concepción. «Las vías estaban cortadas por el tsunami».
La primera noche en Chile aún pudieron sentir alguna réplica. «Ves como los coches se mueven». Después de un merecido descanso, organizaron junto con compañeros del Samur, bomberos de Madrid, Sevilla y Écija un campamento base en un campo de fútbol de Penco, donde trabajaron un día. «Incluso pudimos ver algún barco a cinco kilómetros de la costa que había sido arrastrado por el tsunami. Redes de alta mar, era como si el agua lo hubiera amontonado todo».
Después de un duro día de trabajo se trasladaron a Dichato, donde permanecieron hasta su regreso. Se trata de un pequeño pueblo turístico. «Aquí incluso llegamos a soportar réplicas de 7,2 grados Richter».
Su trabajo no empezaba demasiado pronto, a las nueve de la mañana comenzaban las labores de recuperación de cadáveres y lo hacían de forma intensiva hasta las seis de la tarde, momento en el que regresaban al campamento . Los efectivos del Samur organizaron un alojamiento en Dichato, donde los bomberos vallisoletanos podrían descansar.
Destacan la diferencia existente entre Haití y Chile. En este último, señalan que la organización no faltó en ningún momento y que los chilenos son más educados, «por decirlo así», que los haitianos. «Incluso algunos nos pidieron disculpas por los robos y nos decían que seguro que lo devolvían». «A los pocos días, muchas familias ya estaban recogiendo maderas y chapas para volver a construirse las casas de cara al invierno».
Pero, sobre todo, señalan la diferencia en el aire. En Haití el olor era «a muerto», mientras que en Chile esa circunstancia no existía. «La sal del agua del mar calma ese olor. Un día, con los perros, y nosotros descubrimos un cierto aire a muerto, pero descubrimos que era una nevera que se había quedado abierta y se había podrido la comida».
Sobre las sensaciones, estos profesionales destacan que no tuvieron, como ocurrió en Haití, percepción de impotencia, porque sabían que las posibilidades de encontrar personas con vida eran «nulas». «La labor era recuperar cadáveres».
A pesar de esto, aseguran que si tuvieran que repetir la experiencia lo harían sin ningún género de dudas. «Si nos llaman ahora mismo para ir a otra misión humanitaria no vamos sin pensarlo», aunque esperan no tener que repetirlo «en mucho tiempo».