Claro que ese lujo se debe a la dificultad de desmontar el aguileño para construir el de abajo, donde los duques de Béjar hicieron ostentación de toda suerte de lujos. La fachada del castillo palacio arropa uno de los flancos de la plaza, a la que también asoma la iglesia de Santa María. El castillo primitivo lo desmocharon hasta donde se pudo, pero nadie desafía al vértigo para acarrear unas piedras de las que tanto abundan por el páramo. Su rescate de la ruina se lo debemos a Rafael Ramos Cerveró, quien también salvó del abandono la iglesia de San Martín.
Curiel se llamó de los Ajos antes de mudar ese apellido hortelano por el fluvial. Un dicho popular recoge la importancia de Curiel en la frontera del Duero: «Harto buen castillo sería Peñafiel / si no tuviera a ojo el de Curiel». En el siglo X el Duero separaba la incipiente Castilla, a la que pertenecía Curiel, de la Extremadura, para la que Peñafiel había de convertirse en «madre y ensalzamiento». Al pasar la villa y su fuerte a manos de los Estúñiga, en 1386, se abandona el viejo castillo roquero y se edifica un palacio fortificado en medio del pueblo, aprovechando la caída de la plaza hacia las huertas del Horcajo.
Lo que hoy vemos en la plaza es una fachada rectangular rematada con torres prismáticas en los ángulos. La entrada la corona un vistoso matacán de seis huecos. Para imaginar la fastuosidad de su interior nos queda el relato de quienes alcanzaron a ver sus arabescos y todo el lujo decorativo aquí acumulado. Un artesonado viajó al alcázar de Segovia y otro a Estados Unidos; las yeserías mudéjares de su zaguán al palacio de la Cuesta de las Perdices en Torrelodones; la viguería policromada con escenas de caza y figuras de damas, al Museo Arqueológico Nacional. La almoneda fue implacable. Ahora existe el compromiso de convertir la ruina en albergue de actividades culturales.
La visita a las cuevas de las Pinzas, que habitaron los trogloditas del Duero, ofrece el recreo de un paisaje increíble. Al paso por la ribera se ven sus ojos, abiertos en la cornisa del páramo. No es difícil adivinar los sucesivos usos de estas habitaciones asomadas al valle, desde la Edad de Bronce hasta la menesterosa posguerra, pasando por las penitencias medievales. El camino hacia las Pinzas se toma a la entrada de Curiel, siguiendo la indicación del castillo. Enseguida, un desvío a la izquierda nos indica la senda, que sube al páramo de los Llanitos. Cuando llevamos recorridos 2,2 km, una señal indica el mirador sobre la vega de Pintia. Para llegar al conjunto de cuevas situado bajo el morro de las Pinzas, hay que seguir la huella de anteriores andarines. En su interior no faltan los grafitos, pero tampoco molestan los desechos. Es un lugar para deleitarse con los paisajes de la ribera tamizados por el contraluz de las cuevas.