La trama de los niños robados parece que se está diluyendo como un azucarillo. Lo hace, en parte, por la falta de pruebas, pero también por las pocas ganas de hurgar en el pasado de mucha gente. No es justo. Esos padres, que llevan décadas con la duda de si les quitaron a su bebé o si realmente murió nada más nacer, no se merecen que ese sufrimiento se perpetúe.
¿Qué puede ser más trágico para una familia que el fallecimiento de un recién nacido? Abandonar un hospital con un inmenso roto en el alma. Llegar a ese hogar vacío y tener que recoger la cuna que con tanta ilusión se había preparado. Tirar a la basura ese papel con la lista de nombres por si era niño o niña... Si hay justicia, se merecen que la supuesta trama se aclare, que se llegue hasta el final, aunque muchos de los presuntos culpables estén ya muertos o sean médicos octogenarios.
Las familias están empeñadas en saber la verdad. En Valladolid se han exhumado restos, se han dado muestras de ADN, se han presentado denuncias en la Fiscalía, pero la cosa no termina de arrancar.
Los afectados creen que los ideólogos de la trama de bebés robados dejaron todo muy bien atado, lo que está conduciendo a muchos de los casos a un callejón sin salida. Una persona, hijo de afectada, me contó un día parte de su investigación. Lo logró sin vivir siquiera en Valladolid, residiendo a medio centenar de kilómetros del lugar en el que su madre se quedó sin su hijo. Fue tocando palos, recabando datos hasta llegar a contactar telefónicamente con el ginecólogo que asistió al parto, un prestigioso doctor vallisoletano. En la breve conversación se topó ante una persona indiferente a su problema, tranquila y extremadamente convencida de que nunca se hallará nada en su contra. La llamada acabó así: «Tu busca, busca donde quieras, que no vas a encontrar nada».