Ignacio Tremiño
El verano se termina. El buen tiempo es derrotado por las noches gélidas del agosto castellano. Es fácil levantarse por la mañana con pocos grados sobre cero. Es verdad que se produce un buen maridaje entre el verano y el ocio, o el descanso, pero no siempre es así. El verano de Castilla es seco, árido, duro como los castellanos, aunque nobles, honestos, también serios. Para mí es una mezcla perfecta, huir de la urbe y refugiarse en mi tierra, en los campos y en mis gentes. No quiero otro verano. Sin embargo, no escondo que ha sido un descanso duro y cruel. El año pasado, el 17 de agosto, una caída del caballo en tierras de Ávila, nos dejaba por siempre jamás sin mi compañero y amigo Félix Rouco, incansable e infatigable trabajador, que le había hecho un guiño a la vida, disfrutando de la misma con su trabajo, pero también disfrutando de ella con su fiesta, y repartiendo experiencia entre todos, con la generosidad propia de los SEÑORES, con mayúsculas. Llevaba yo dos días de vacaciones, en mi árida y seca tierra, cuando un escalofrío en forma de mensaje de móvil me dejó helado y con la impotencia de no poder decirle todas las cosas buenas que pensaba de él, y que por estúpido pudor nunca lo hice. Se nos fue Félix haciendo lo que más amaba, disfrutar de su caballo y su mujer en su finca de Ávila.
Hace unos días, se nos fue José Rodríguez ‘El Ruso’. La discapacidad física en España y José Rodríguez eran cómplices conocidos por todos. Cuarenta años luchando por la discapacidad, como nadie. Afortunadamente, se lo pude decir dos días antes de que nos dejara, en los jardines del hospital, con 40 grados en Madrid, y sabiendo que le quedaban horas, me contaba con inexplicable entusiasmo los proyectos en marcha. «A ver si estos médicos me quitan la fiebre por que tengo una reunión con Rodrigo Rato, y quiero estar en perfecto estado de revista», me decía con la mirada fija en mis ojos, sonriendo conocedor de su destino cruel. Pude despedirme de él y me conforta parcialmente.
Y después, en maquiavélica coincidencia con Félix, pero un año más tarde, Santos Villanueva. No voy a hablar más de su persona, de su perfil, de su vida, por que ya se ha dicho por todos, bien es cierto que nunca es suficiente. Todo el mundo es bueno cuando nos deja, pero amén de ese cinismo social con el que perdonamos a todos sus pecados, hay personas y personas, y Santos es, no era, sino es, por que seguirá siendo una persona de las que sólo podemos aprender. Compartí con él una tranquila charla en el funeral de su abuela. Desprendía serenidad y honestidad. Me estuvo animando para que las personas que estamos en el mundo de la empresa no cayéramos en los cojines de la comodidad, «hay que seguir Nacho, hay que seguir, dependemos del esfuerzo de los que estáis en la actividad empresarial». Soy creyente y sólo Dios sabe por qué ocurren estas cosas. Yo me niego a preguntárselo. Sí quiero decirle a mi Dios que nos ayude a no olvidar a los amigos que nos dejan.
Que me perdone su familia por volver a hablar de Santos, pero es la única manera que se me ocurre de poner fin a tan árido y cruel verano. El verano castellano. Pero el calendario avanza inexorablemente. Hoy empiezan las fiestas de nuestra ciudad. Buena fecha. Ya nadie se acuerda de las críticas que recibió el equipo municipal cuando se modificó las fechas de celebración. El tiempo, nunca mejor dicho, ha dado la razón al equipo de Javier León. ¿Nos olvidamos pues, de los voceras interesados? Yo creo que sí.