El Día de Valladolid
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jueves, 09 de febrero de 2012
Opinión
Al aire de mi aire

Oraciones y lirios para un cantor de la tierra castellana

Godofredo Garabito - sábado, 13 de marzo de 2010

Mi pluma se resiste ante las impolutas cuartillas donde he de escribir -con dolor y admiración- la noticia más triste que se podía dar en el mundo de las letras.

Miguel Delibes acaba de fallecer. Se nos ha hecho eternidad un castellano y leonés de raza. Un escritor grande de nuestra lengua. Lengua que ha disfrutado de la universalidad del español gracias a su pluma y al talento que Dios le dio. Talento y talante para contar y cantar el sentir y vivir del pueblo que le vio nacer, crecer y, como un roble de Torozos, mantener su nobleza ante el cierzo y los calores de agosto, ante la serenidad de un amanecer y el nublado tormentoso de estas mesetas castellanas.

Su vida, hecha de generosidad en la familia, en su vivir ciudadano, en su vocación literaria, en su lealtad a los amigos. Fiel cumplidor de aquel pensamiento de Goethe: «Solo es feliz aquel que es dadivoso». Por ello, me atrevo a manifestar que Miguel Delibes ha sido feliz y que en su atardecer, cuando sea examinado en el amor y la generosidad, el escritor vallisoletano se ha convertido en glorioso triunfo al margen de no ser Nobel de Literatura.

En su larga y fecunda vida había cosechado todos los premios de la cultura occidental y méritos le han sobrado para ese reconocimiento universal.

Conservo varias docenas de tarjetones y cartas donde, con su maestría, Delibes iba desgranando su amistad y cortesía, bien secundado por sus hijos y nietos. Ellos, más que nadie, notarán su ausencia, aunque en los anaqueles de bibliotecas y librerías siga su copiosa obra literaria ocupando ese lugar de honor bien merecido. Pero en la intimidad del hogar, seguirá presente su memoria, su presencia, acompañando al gran cuadro pintado por García Benito de Ángeles de Castro de "Esa señora de rojo sobre fondo gris", cuya historia y título hemos compartido en no pocas ocasiones Miguel Delibes y yo.

Mi dolor y pésame debe ir unido a una plegaria amical, deseando que el espíritu de Miguel goce de la paz eterna extendiendo mi dolor a toda su familia de sangre y del mundo de las letras. Por ello, me permito recurrir a Virgilio en esa expresión de Anquises pidiendo flores para la tumba de Marcelo: «Dad los lirios a manos llenas». Descansa en paz, cantor de la naturaleza, del vivir de nuestra época y de la defensa de los Derechos Humanos.

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