Peregrinar en verano ha sido como caminar en invierno. El mismo runnueo. Idénticas insinuaciones. Similar crispación mediática. Reconozco haber huido de la crisis, de las tertulias económicas, de los razonamientos estériles pero no he podido evitar la coyuntura económica. No me miro el bolsillo, me he topado con una realidad constante. Y siempre en la playa, donde he visto muchas cosas: menos bañistas, más neveras y más almuerzos con bocadillos, menos sombrillas de marcas comerciales, menos chiringuitos e incluso hasta menos consumo de prensa. He oído más lamentaciones, más críticas y menos esperanza. He escuchado a un pueblo con más quejidos. Más triste, pero con más esperanzas de salir adelante.
La extravagancia del último curso político ha motivado que muchos ciudadanos hayamos optado por desconectar. Por intentar ausentarnos de la realidad económica, hasta que echábamos la mano al bolsillo, claro, donde el recuerdo era inevitable. Las vacaciones han sido de low-cost, de visitar a amigos o parientes, de quedarse en casa. Las ciudades de origen han tenido más vecinos que de costumbre, mientras que las receptoras han estado pendientes. Muy pendientes de recibir, de saludar, de acoger... Está visto que tendrán que esperar a otra temporada.
Las conversaciones playeras también dan mucho que hablar. En este y en otros sentidos, pero reconozco que estando en las costas cántabras escuché cómo Valladolid era una de las pocas ciudades donde el turismo había aumentado en los últimos tiempos. Pues parecen ser verdad estos datos del INE, porque me he cruzado con muchos más visitantes que otras ocasiones. La crisis se aleja. Unas cifras que, por contra, fueron desfavorables a los peregrinos: a los de Santiago y a los de Caravaca, cuyos organizadores tenían más esperanzas puestas. ¡Cojamos fuerzas con las ferias!