El combate entre naturaleza/civilización, con lobos a un lado y ganaderos al otro, dejó en 2009 un saldo de 700 ataques y 300.000 euros en indemnizaciones. Ese es el precio, euro arriba o abajo, que pagamos por poseer una montaña con empaque, lejos de las fincas desnatadas que encuentras en el resto de Europa. Habrá voceros del fusil, portavoces de la montería, que se escandalizarán y harán demagogia; gritarán para que el lobo desaparezca o al menos persista en su condición de caza mayor para ex-ministros con bombacho verde, constructores a falta de entrar en la cárcel y avezados atracadores del espacio natural.
Piénsenlo. Sólo nosotros, de entre los países que nos rodean, conservamos una naturaleza que puede mirar a la cara al pasado y no morir de la pena. Tenemos picos, ríos, quebradas, bosques, etc. Pobres en casi todo, menos en gótico y lobos, que sea el aullido salvaje sea nuestra sinfonía. Cuando el mar de los romanos es ya un estercolero, una autopista, una laguna de asfalto y peces de seis ojos, cuando ya sólo los guiris que buscan alcohol barato y discotecas nos visitan, adoptemos al lobo de blasón, animal totémico que como el unicornio en el escudo de los caballeros anuncie quienes somos.
Digan lo que digan los políticos el medio rural seguirá perdiendo habitantes, boqueando por la herida. Sólo aguantarán quienes, amparados por las instituciones que entre todos pagamos, camelen turistas hartos de parabólicas. No será la panacea sostenible de la que nos hablaron. Como los guías del Masai-Mara viviremos de enseñar el parque nacional a los británicos devotos de Attenborough. Un futuro más halagüeño que de un Levante condenado a ejemplificar la monstruosidad urbanística. ¿300.000 euros por las trastadas del lobo? Sientan lástima de un animal en libertad vigilada, que requiere que paguemos la fianza para sortear el cadalso. Además, tampoco parece tanto. Qué otra cosa va a comer si invadimos sus tierras y liquidamos con rifle telescópico a cuanto muflón, rebeco, cabra, corzo y ciervo nos cruzamos. Verán, no es difícil fumigar al lobo. Lo imposible sería justificar luego, frente al tribunal de la historia, por qué eliminamos cuanto de noble habitaba esta tierra.