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Opinión

17/03/2009

Colaboración

Matadlo, pero sin ruido. Tengo invitados

Alberto García Chavida

La sangre del cordón umbilical de Javier Mariscal ha servido para que su hermano Andrés sea tratado de su enfermedad. Felicidades, Javier. Felicidades a sus padres, que estarán contentos. Y al mismo tiempo, lamentamos la muerte de los otros 16 hermanos, que se han quedado en el intento. Hay en todo esto una lógica que me aterra: una ética utilitarista que pasa por alto el detalle de los 16 embriones muertos porque no eran idóneos para el transplante de su cordón umbilical. Los médicos han pensado que se puede, es más, se debe sacrificar todo lo que haga falta, con tal de obtener un bien, en este caso, el donante idóneo. Es la peligrosa teoría de que el fin justifica los medios.
En Gran Bretaña, hace dos meses, un centro de la Universidad de Cambridge planteó la posibilidad de detectar en bebés no nacidos el riesgo de sufrir autismo. Los investigadores encontraron una relación entre un alto nivel de testosterona en el líquido amniótico de las mujeres embarazadas y rasgos autistas. «¿Qué perderíamos si los niños con desordenes autistas fueran elimindos?» preguntaba el director del equipo de investigación. Me parece muy interesante el relato de Charlotte Moore, madre de dos hijos autistas, que aunque reconoce la carga que supone un hijo autista, también expresaba su miedo de que muchas madres abortasen tales niños si las pruebas estuvieran disponibles, como actualmente ocurre con los niños con síndrome de Down. Ella, sin embargo, no consideraría abortar un niño autista: «Nuestra vida familiar es tan rica y tan llena de significado como cualquier otra, las vidas de mis hijos no son trágicas, ni tampoco la mía. Una sociedad que busca eliminar todas las variables que hacen de la vida humana algo fascinantemente complejo no es la sociedad en la que yo quiera vivir».
Hace unas semanas, una clínica de fertilidad de Los Angeles ofrecía a los futuros padres la posibilidad de elegir el sexo de su bebé o algunos de sus rasgos físicos, como el color del pelo o de los ojos. El nuevo negocio cuenta ya con media docena de peticiones, según The Wall Street Journal. Para obtener el niño a la carta, la clínica se basaría en el Diagnóstico Genético Preimplantacional (DGP), que consiste en la selección de embriones. Hasta ahora, se había aplicado para seleccionar embriones que no tenían enfermedades hereditarias. Ahora se aplica la misma técnica también para los gustos estéticos.
Tan ilícito es el hecho de que un niño, que presenta o que podría presentar defectos, sea eliminado por eugenesia negativa, como hacer una selección que obedezca a los deseos de sus padres. Es poner una ciencia no al servicio del bien, sino de los deseos de quienes compran sus caprichos, siempre quienes pagan el pato son los niños. Hasta ahora, se relacionaba la eugenésica con las ansías de manipulación de regímenes totalitarios, como el nazismo. Pero estos intereses ya no obedecen a un régimen de carácter político, sino a los domésticos deseos de quienes tienen dinero y caprichos para jugar con la vida de los demás.
El diagnóstico prenatal mal enfocado va sembrando el miedo sobre la destrucción de vida humana no nacida. Síndrome de Down, autismo, sexo no querido, pruebas para detectar problemas genéticos o de paternidad, todo podría servir para abortar bebés que presumiblemente pueden sufrir cualquier tipo de incapacidad. No está de más recordar que preocupaciones de eugenesia o de salud pública no deben justificar ningún homicidio, por muy legal que pueda parecer a algunos.
Mientras que la opinión pública se opone cada vez más a la pena de muerte para los criminales culpables, sanciona la muerte para el inocente no nacido. Deberíamos evitar el riesgo de un difundido reduccionismo genético, que identifica a la persona exclusivamente con su información genética. Toda vida humana tiene la misma dignidad y debe ser respetada. Como recordaba recientemente Benedicto XVI, «La fe en la ciencia no puede nunca hacer olvidar el primado de la ética cuando está en juego la vida humana».
Al considerar el trato mediático que se da al caso de la familia Mariscal, y esa nueva mentalidad eugenética que se abre paso recuerdo el comentario del malo de la película: «Matadlo, pero sin ruido. Tengo invitados».    

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