Tres de cada diez alumnos de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) dicen ser víctimas de algún tipo de maltrato, según el estudio La intimidación entre iguales (bullying) en la Educación Secundaria Obligatoria, elaborado por el psicólogo vallisoletano José María Avilés a partir de las respuestas de 731 alumnos de cinco institutos de la ciudad. El último informe monográfico sobre este tipo de violencia, publicado por El Defensor del Pueblo el pasado mes de febrero, se hace eco de un informe que también desvela que el 24 por ciento sufre esta situación de forma esporádica, mientras que el cinco por ciento restante lo hace sistemáticamente.
Y es que, si bien «la situación no ha cambiado sustancialmente en los últimos años», sí que parece «estar controlada», señala el autor del trabajo, que lleva más de una década estudiando este tema y ha analizado la situación «de casi todos los centros de Valladolid».
Son los propios alumnos los que reconocen este tipo de conducta censurable. Concretamente, un 31 por ciento confiesa haber agredido a un compañero en alguna ocasión (el 25 por ciento lo hace de vez en cuando y el otro seis por ciento de forma habitual). Por otro lado, son los chicos los que agreden más que las chicas, sobre todo cuando se hace referencia al acoso o maltrato sistemático. Respecto a la edad, es a partir de los doce años cuando se empieza a incrementar esta actitud, si bien es cierto que desciende a partir de los 15. Los números también desvelan que es más que frecuente que los alumnos sean testigos en su centro de estudios de estas conductas. De hecho, el 81,6 por ciento recuerda haber presenciado algún tipo de intimidación entre compañeros.
Lejos de la «tradicional» concepción que tiene la población del maltrato escolar, este tipo de ataques se pueden producir de formas muy variadas. Aunque la más habitual son los maltratos verbales, es decir, el uso de motes, apodos e insultos (un 43 por ciento los ha presenciado), también existen otras como «reírse de alguien o ponerle en ridículo», una actitud que se da en un 34 por ciento de los jóvenes. La incidencia desciende cuando los alumnos traspasan la barrera física y «pegan, dan patadas o empujan» a sus compañeros de estudios (uno de cada cuatro estudiantes ha sido testigo de ello), el mismo porcentaje que ha presenciado algún caso de exclusión social, rechazo o aislamiento. En menor medida se producen, según el estudio, las situaciones en las que los alumnos hablan mal de sus compañeros (un 12 por ciento). El estudio también señala que los jóvenes que comienzan a adoptar esta actitud a los 13 años atacan de forma más directa a sus víctimas, mientras que a los 15 se decantan por ignorarlas.
silencio por respuesta. Uno de los grandes problemas que suele ser común a estas situaciones es que la mayor parte de los agredidos no se atreve a contar la situación por la que atraviesa a las personas indicadas (un 17 por ciento no se lo dice a nadie) y, cuando lo hace, la confesión tiene como destinatario prioritario alguno de sus compañeros (un 43 por ciento). De hecho, tan sólo el 29 por ciento habla con algún miembro de su familia y uno de cada diez con los profesores.
Del mismo modo, en la mayoría de los casos (59 por ciento) los agresores son varones que se refugian en un grupo para meterse con alguien de su misma clase (32 por ciento) o de otra clase del mismo curso (25 por ciento).
En lo que se refiere a los lugares en los que se realizan los ataques, la mitad de ellos se da en clase, ante la ausencia del profesor, el 35 por ciento en los pasillos y tres de cada diez en el patio.
Por último, alrededor del 40 por ciento de los encuestados reconoce que nadie interviene cuando solicitan ayuda y, cuando alguien se decide a hacerlo, suele tratarse de compañeros más que de profesores, aunque estos últimos «cada vez tienen más herramientas para hacerlo», indica Avilés.
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