Recargados escenarios, volutas de oro y modelos de piel cobriza sirven al fotógrafo indio Rohit Chawla para homenajear con su cámara el colorido erotismo del pintor simbolista Gustav Klimt, recreado en la capital india.
La muestra, bautizada como Klimt. La secuela, está marcada por la sensual relectura que Chawla realiza con su objetivo de una docena de obras del pintor austríaco, como Las amigas, la popular El beso o el Retrato de Adele Bloch-Bauer I.
«Klimt es un artista que creía en la belleza», afirmó el fotógrafo frente a su versión de esta última imagen, un deslumbrante retrato de motivos ornamentales dorados y amarillos que ha inspirado la exposición y que el propio Chawla considera su favorito.
Durante una visita a la Neue Galerie de Nueva York, «atraído por su café vienés», el fotógrafo se dio de bruces con la imagen de Bloch-Bauer: «Allí estaba, todo volutas de oro, cuadrados brillantes» reduplicándose en «permutaciones caleidoscópicas».
«Así empezó mi viaje», cuenta Chawla en su exposición.
Para cambiar el mundo imaginado de Klimt (1862-1918) por el objetivo de su cámara, el fotógrafo recurrió a la ayuda del creador indio Manoranjan Mukherjee, quien durante seis meses elaboró a mano los accesorios, las bisuterías y los iconos del escenario.
«Literalmente pegó un tesoro de joyas imaginarias que acorazó a las modelos», dice sobre Mukherjee el libreto de la muestra, cuyas obras fueron encargadas por la compañía tecnológica india Birdgroup para su calendario anual.
En este «humilde tributo fotográfico» a Klimt, Chawla se decanta por los retratos femeninos, para los cuales contó con la participación de actrices y modelos indias, como Chitrangada Singh, Ayesha Thapar o Blanca Dixit Peralta.
Su sensualidad pone cara a los barrocos vestidos, los motivos geométricos y la lujuria bizantina del universo del austríaco, uno de los mayores exponentes del modernismo y simbolismo pictóricos de la decadencia finisecular decimonónica y los inicios del siglo XX.
«Trabajar con modelos indias fue una decisión deliberada. Nueva Delhi está llena de maniquíes extranjeras y habría sido fácil trabajar con ellas. Pero no es el color de su piel lo que hace destacar a las mujeres de Klimt», dijo el fotógrafo.
Una entrada de exuberantes dalias deja paso a las instantáneas, en una gran sala de la Galería de Artes Visuales de Nueva Delhi, donde varias muchachas comentan los detalles de El beso y algunos extranjeros se pasean al son de las arias de La Bohéme.
Chawla retrata a su Judith surasiática, que sostiene -senos cubiertos- la cabeza de un Holofernes decapitado; también a las jóvenes descaradas que abrigan, ojos abiertos, a una durmiente virgen, y a la médica Hypeia mientras juguetea con su serpiente.
Junto a las imágenes en la amplia sala, los organizadores exhiben algunas de las joyas y elementos decorativos -hechos con plástico, lona y también con refulgentes cristales Swarovski- utilizados durante el proyecto, iniciado el pasado julio.
«¿Cómo se reconstruye el eclecticismo de Klimt? Mezclando carne sólida con ornamentos fantásticos», concluye Chawla.
El fotógrafo llevará ahora a Viena su exposición -«tiene sentido que vaya a su propia casa»- y, según declaró, se plantea entablar un diálogo con galerías españolas para que esta llamativa recreación india de las musas de Klimt pise suelo nacional.