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Cultura

09/11/2009

LITERATURA

Claudia Casanova, autora de 'La tierra de Dios': «La España medieval pudo haber unido más la actual»

Claudia Casanova.

PLANETA
JAVIER M. FAYA (SPC)

Confiesa que tenía unas ganas locas de seguir contando las aventuras de Aalis de Sainte-Noire, la protagonista de su primera novela, pero también de introducir el momento histórico de las Españas medievales, el siglo XII con esa mezcla de fe, mística y religiosidad. Así surge La tierra de Dios, una novela que refleja el choque entre judíos, cristianos y musulmanes, y el empuje de los nuevos reinos como Aragón y Portugal, así como las grandes urbes.



A veces, los personajes de un libro o una película parecen perseguir a sus creadores. Algo parecido le sucede a Claudia con su heroína, una novicia musulmana, con poderes comparables a los de un profeta, educada en la religión cristiana pero de sangre mahometana. Su intervención puede llegar a ser decisiva en un tiempo donde la frontera se pelea día a día, piedra a piedra.




¿Qué hubiera sido de nosotros sin los musulmanes?

Hay un libro muy interesante de Juan Vernet, Lo que Europa le debe al Islam de España, donde se explica que sin el trabajo de los traductores de la escuela de Toledo, que trabajaron los manuscritos de pensadores árabes como Averroes, el gran recuperador de Aristóteles en la Edad Media, el Humanismo no hubiera podido beber de las fuentes clásicas para construir el Renacimiento. España, como cualquier territorio que convive 700 años con un grupo étnico y religioso, es herencia de ese momento. ¿Qué hubiera sucedido sin esa presencia árabe? Creo que muchos de los conocimientos que se acumularon durante el califato de Córdoba en las bibliotecas de los califas, o los refinamientos gastronómicos, higiénicos y culturales que trajeron consigo son riquezas que debemos atesorar porque conforman el pasado medieval y el presente actual. Por ejemplo, los tan conocidos hammam son un prodigio tecnológico, así como la capacidad de cultivar tierras a primera vista yermas o poco fértiles gracias a los sistemas hidráulicos que construyeron los musulmanes. Igualmente, la poesía árabe es de las primeras tradiciones literarias que reconoce a mujeres poetas y compositoras, hecho no tan habitual en la Edad Media hasta mucho más adelante.




¿Y sin los judíos?


Tuvieron una innegable participación como garantes de la estabilidad económica de los distintos reyes medievales. En concreto, en mi novela aparece Alfonso VIII de Castilla cuyo almojarife, es decir, el tesorero de su corte, era judío y procedente de una larga estirpe de comerciantes, banqueros y consejeros reales. Igualmente, la efervescencia económica que inyectaban los mercaderes y comerciantes judíos hacía florecer las ciudades y las tierras.




Quién sabe si la purga de los Reyes Católicos en Granada fue tan útil.

Seguramente, la Corona no hubiera gozado de tamaña apropiación de tierras y riquezas de los expulsados. No hay que olvidar que la religión era un hecho de fe muy importante para la gente, pero también una herramienta política y financiera que los poderosos no dudaban en utilizar: los enfrentamientos entre Toledo y Santiago de Compostela por la primacía moral y religiosa en el siglo XII responden al indudable beneficio económico que representaba convertirse en el primer destino de peregrinaje cristiano.





Igual el sentimiento nacional sería menor, ¿no?

Las hipótesis sobre el pasado y su reflejo en el presente son fascinantes, y también contienen un componente de peligro. Es difícil adivinarlo, pero desde luego si las Españas medievales hubieran sabido aceptar sus diversas culturas y llevar la convivencia que se practicó en el Toledo del siglo XII hasta sus últimas consecuencias en todo el territorio, tal vez hoy España sería una sociedad más cohesionada y más feliz de vivir consigo misma.




¿Qué ha cambiado básicamente del mundo que cuenta en su novela al actual?

¡Tantas cosas! Desde luego, tecnológicamente, si un hombre o mujer medieval llegara como por arte de magia al mundo contemporáneo, pensaría que ha caído prisionero de brujas y hechiceros, y que se encuentra en un infierno de piedra y máquinas diabólicas. Afortunadamente, hay que tener presente que nuestra modernidad es mucho más cómoda y apta para el ser humano.




¿Por qué se tira mucho del tópico Las grandes guerras han sido siempre religiosas?

Los tópicos tienen sustrato: en este caso, lo cierto es que el siglo XX se ha esforzado en contradecirlo, pues ni la Primera ni la Segunda Guerra Mundiales fueron conflictos religiosos. Pero es cierto que en la Edad Media o la Moderna, la religión fue -digámoslo así- el motor de las ambiciones, necesidades e intereses de los reyes y los poderosos, y una forma de canalizar las conquistas territoriales y de conseguir grandes efectivos militares a muy bajo coste.




Cuentan que hubo un infanticidio para que Castilla y León se unificara. ¿Eran comunes estos asesinatos de Estado?

Hay que pensar en que el valor que hoy otorgamos a la vida no es el mismo que en la Edad Media, o ni siquiera que en la Revolución Industrial, donde niños pequeños eran utilizados como obreros, por no mencionar zonas de nuestro planeta en pleno siglo XXI. Así, es más que natural que si un menor interfería en las ambiciones de una familia enemiga, o sencillamente estorbaba, se dispusiera de su vida como si de una mercancía se tratara: tanto para casar a las muchachas, como para eliminar a los posibles herederos. La organización del poder en torno a clanes familiares significa que el elemento más importante es la herencia, la capacidad de heredar o dar herederos al clan. Por lo tanto, también es clave la eliminación de los mismos....




Ahora tenemos la gripe A... ¿La peste negra sirvió para unir al pueblo?

En la Baja Edad Media, la peste diezmó a la población de una forma cruenta, y representó una grave pérdida en vidas humanas y en la Economía. Afortunadamente, la gripe A no es comparable ni en prevalencia ni en virulencia. Pero, por desgracia, este tipo de epidemias raramente suelen provocar más unión, sino que el miedo -ese gran enemigo de lo humano- empuja a rechazar al enfermo, al más débil.    

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